31 mar. 2012

De presupuestos, entradas y cine

Andaba yo en mi clásica ruta mañanera de blogs y demás cuando recalé en un post sobre la taquilla de la semana pasada en nuestro país. Comentando los números hechos por la películas el pasado fin de semana se hablaba de las pobres cifras de la nueva película de Nacho Vigalondo, Extraterrestre, película que por cierto no he podido ir a ver porque, oh sorpresa, no se ha estrenado en ningún cine de la isla de Gran Canaria, y me consta que no es el único lugar donde pasa esto (125 copias para todo el país puede que tengan la culpa de la recaudación, digo yo). En cualquier caso, echando un vistazo a los comentarios del susodicho post me encuentro con algunos comentarios como poco sorprendentes.

Un iluminado argumenta que es que no puede ser que la entrada para una película de 2 millones de presupuesto cueste lo mismo que una de 200, que la gente va al cine a ver explosiones, robots gigantes y demás, que para ver a gente hablando y situaciones cotidianas lo ven en su casa. Proponen que hay que bajar el precio de la entrada de la películas más "normales". Y lo peor es que hay gente secundando la propuesta. Espero no ser el único pero la verdad es que me parece bastante alucinante la idea. Porque yo cuando voy a una sala voy a ver CINE, independientemente del presupuesto, la historia y los efectos especiales, y sinceramente me parece infinitamente más gratificante una película con un buen guión y dirección sobre una propuesta sencilla que una monstruosidad llena de personajes digitales, con un guión casi inexistente y en ocasiones hasta directores digitales.

Argumentan también que ese tipo de películas no necesitan verse en una sala de cine, que se pueden ver perfectamente en casa, y creo que casi es esto lo que más me preocupa, que se está perdiendo la magia de ver una película en el cine. Porque para mí no es lo mismo estar en una sala a oscuras, en silencio cuando el resto del público lo permite, alejado de cualquier tipo de distracciones en ese búnker que nos ayuda a alejarnos del mundo en el que vivimos y meternos en el que aparece en la pantalla. Aún recuerdo como se me pusieron los pelos de punta mientras veía The Artist al sentir la sala en completo silencio, silencio que se rompió poco después con el sonido atronador de una pluma al caer sobre una mesa. Es imposible que eso sea lo mismo que estar en tu casa, donde en cualquier momento puede sonar el teléfono, o pasar tu madre por delante de la pantalla.

Puedo entender que el espectáculo no es el mismo, ¿pero es eso lo único a lo que aspira el cine? ¿A deleitarnos los ojos con engaños durante 2 horas? Porque no me podrán negar que las películas más espectaculares son también las que más rápido abandonan nuestra memoria. ¿Es lógico querer pagar más por un artificio efímero que por una historia que nos emocione e incluso nos muestre realidades que desconocíamos? Personalmente disfruto más con un buen plano secuencia, un guión bien ejecutado o un encuadre evocador que viendo un robot gigante destruir Boston o a Sam Worthington y su peluca peleándose con los titanes. Pero seré yo el raro. Si quieren bajarle el precio de la entrada a las películas que ellos consideran más mundanas, adelante, mejor para mi bolsillo.

2 comentarios:

  1. Puede que os extrañe el cambio de fuente en los párrafos, pero blogger se ha puesto juguetón y por más que lo cambio se queda así.

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  2. Suscribo todas y cada una de tus palabras.

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