4 mar. 2012

La sombra

Se dice que todas las personas tienen un límite. Sospecho que el mío hace mucho que quedó fuera del mapa. ¿Conocéis la expresión "estar de mierda hasta el cuello"? Pues yo ahora mismo tendría el récord de profundidad en apnea. No sabría deciros el momento exacto, pero desde hace un tiempo he estado moviéndome por pura inercia.

Lo que sí puedo decir sin temor a equivocarme es que es todo culpa de esta maldita ciudad. Pensaréis que no es muy loable echarle la culpa a otros, y menos a algo inanimado como es una ciudad, pero eso es porque no conocéis ESTA ciudad (y mi consejo es que procuréis que eso nunca cambie). Os hablo de una ciudad capaz de lo mejor y lo peor, en la que el rascacielos más espectacular se codea con el callejón más putrefacto, donde la luz y las sombras son dos caras de la misma moneda y hasta el vapor que sale de las alcantarillas esconde una dosis de locura.

Como se suele decir, llegué aquí en busca de oportunidades, y al principio la ciudad me recibió con una sonrisa. Conseguí un buen trabajo en una empresa emergente, me establecí en un bonito apartamento e incluso hice amigos en poco tiempo. Pero esa sonrisa se fue convirtiendo en una horrible mueca, y cuando quise darme cuenta todo se había jodido. Mi empresa resultó ser la tapadera de unos mafiosos, no tuve más remedio que mudarme a un barrio horrible y mis amigos... bueno, los que no estaban muertos preferirían estarlo. Y encima no podía salir de la ciudad porque tenía deudas con gente a la que evitarías siquiera mirar a los ojos. Poco a poco me fui hundiendo en la mierda hasta que no me quedó más remedio que aprender a disfrutarla. Al final, la ciudad se había metido dentro de mí, el miedo me había calado los huesos y la locura me corría por las venas, susurrándome qué hacer con una voz pastosa pero extrañamente seductora.

Y así llegamos a esta noche, vagando por las calles. No sé si buscando algo de droga que difumine un poco los monstruos que me rodean, o simplemente una piedra con la que tropezar y con suerte romperme el cuello al caer. Los callejones susurran burlándose de mí, las farolas parpadean para dificultarme aún más el camino y el viento me revuelve el pelo robándome los restos que quedan de la sombra de lo que algún día fui. Tengo la sensación de que algo me vigila, y en sus ojos hay más asco que compasión, lo que consigue que me enfade aún más. Yo no tengo culpa de esto, no quería llegar a esta situación... Yo no soy esta persona.

Entonces veo a una pareja con su precioso hijito saliendo del portal y bajan la mirada mientras me acerco, intentando alejarse todo lo posible en esta ridículamente ancha acera y descubro que puede que aún no hubiese llegado a mi límite.
-¿A dónde demonios creéis que vais? ¿Estáis huyendo de mí? -grita una voz desde mi boca.
-Disculpe, no pretendíamos...
-No es de mí de lo que debéis huir, no soy el problema. El problema nos rodea a todos, nos ilumina con esas farolas, nos transporta por estas calles, nos observa desde esos rascacielos... Estamos encerrados dentro del problema, ¿y me teméis a mí?
-Por favor, señor, sentimos haberle ofen...
-No soy ningún señor, eso fue en otra vida. -la claridad de la idea dibuja una sonrisa en mi cara- Quizás es eso, quizás tenéis razón. Creo que es la hora de asumir que sí soy un problema, que sí debéis temerme.

Entonces me abalanzo sobre la mujer, que grita aterrorizada como marcan los cánones. No tengo claro si grita porque teme por su vida o por el collar de perlas que lleva al cuello y estoy aferrando; pero sé que ese grito me reconforta más que otra cosa. El hombre me golpea en las costillas pero en mi éxtasis no puedo dejar de reír. Suelto a la mujer y me encaro a ese ricachón. Entonces veo una sombra, algo me golpea y me alejo del suelo para acabar en el fondo de un callejón frente a él.

Podría mentiros. Podría decir que vi al Murciélago, al Caballero Oscuro en todo su esplendor, que observé esa boca que no sabe de sonrisas y lo miré fijamente a esos ojos llenos de preocupaciones, pero no fue así. Sólo pude ver una sombra, una gran figura oscura, una especie de agujero negro que absorvió toda la locura dejando el miedo en su lugar. Sentí su voz, haciendo temblar todos mis huesos. Dijo que me marchara, que este no era mi lugar, que yo no era como todos ellos y que aún tenía solución. Y tenía razón, porque no estaba lo suficientemente loco como para llevarle la contraria.

3 comentarios:

  1. Vaya, encantado de verte por aquí, Pablo. Y de que te haya gustado, por supuesto. Un saludo.

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  2. ¡Qué oscuro es el ser humano!. Un giro inesperado. I like it.

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