20 jun. 2012

Cookies

¿Sabéis ese tipo de cosas que ves todos los días sin pararte a pensar en la importancia que pueden tener? Esas cosas que tienes tiradas por casa, en la habitación, o incluso que ves cada día de camino al trabajo y nunca te paras a pensar en lo útil que podrían ser en un momento dado. Pues hoy voy a contaros una historia real de este tipo. Hoy vengo a contaros la historia de: el día que un paquete de galletas me salvó la vida.

Os mentiría si dijera que recuerdo cómo llegó allí ese paquete de galletas, o que en algún momento imaginé lo importante que llegaría a ser. Probablemente se cayó de mi mochila en algún momento y ahí se quedó, en el asiento de atrás de mi coche, durante meses y meses. A veces me daba cuenta de su presencia, pero por lo general dejaba los bártulos encima de ella y nunca me plantee sacarla del coche por el simple hecho de que soy muy vago. La bolsa simplemente estaba ahí, soportando estoicamente las altas temperaturas a las que se veía expuesta continuamente y sin pedirme nunca que bajara la ventanilla un poco para que no se le derritiese el chocolate (y si lo hizo, yo nunca lo escuché).

Un día, en el largo camino a casa después del trabajo decidí echar una cabezada en un área de descanso. Me desperté en mitad de la noche bastante desorientado. Estaba muy oscuro y no me había dado cuenta de que llevaba ya un buen rato titiritando por culpa de la maldita calefacción que llevaba meses estropeada (ella seguro que no me salvaría la vida). Mientras intentaba reponerme del frío escuché algunos ruidos en torno al coche que hicieron fluir la adrenalina y me ayudaron a entrar en calor. Pero ahora estaba acojonado. Podía ser un oso, un puma... o quizás la chica de la curva se había mudado a un lugar menos peligroso y que no le trajera tan malos recuerdos. Mientras me imaginaba todo tipo de horribles escenarios, la ventana del copiloto se rompió en mil pedazos y apareció una figura junto a la puerta. Era un tipo con capucha que me apuntaba con una pistola.

Me pidió (si es que se puede considerar pedir a algo que te dicen pistola en mano) que me bajase del coche.  El tipo estaba tan asustado como yo, se lo notaba en los ojos y en su forma de temblar. Intenté dialogar con él, diciendo que no me podía hacer eso y dejarme ahí tirado. Le dije que el coche era un auténtico cacharro, que no funcionaba la calefacción y encima él acababa de romper una de las lunas. Intenté controlar la situación, de verdad que sí, pero el tipo perdió los nervios o se hartó de mí y acabó apretando el gatillo. Entonces sucedió todo. La bala se dirigía hacia mi pecho a cámara lenta mientras yo me encogía en una postura ridícula como si pudiese evitar el disparo. Oí el impacto, pero no lo sentí y supuse que había acabado todo. Abrí los ojos y vi la mirada aterrorizada del tipo, manchado de sangre al igual que yo. El tipo murmuró una especie de disculpa y salió corriendo. Tras unos minutos me dí cuenta de que no era de sangre de lo que estaba manchado, sino chocolate. Mire al suelo y vi la bolsa de galletas y entonces lo entendí todo.

La bolsa de galletas había saltado desde el asiento
trasero y se había interpuesto en la trayectoria de la bala. Todo este tiempo había estado ahí, yo no le había dado importancia y ahora me había salvado la vida. La sujeté entre mis manos sin parar de llorar y relamí el chocolate que brotaba del agujero que había hecho la bala. Esto no era justo. Le prometí que esto no quedaría así, le prometí que me vengaría, sin dejar de chupar el chocolate que manchaba mis manos. Pero al final no he hecho nada, porque como ya os he dicho, soy muy vago. Pero siempre recordaré ese momento y la valentía de ese paquete. Desde entonces no he vuelto a comerme un paquete de galletas, pero la verdad es que nunca me han gustado demasiado.  



2 comentarios:

  1. y cuando ya creo que no me puedes sorprender mas, sacas tu faceta humorística y lo vuelves a hacer! me ha encantado :)

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  2. Cuidado con eso de ir por ahí diciendo: "Una cookie me salvó la vida".

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