20 ene. 2013

El cine y la información

     Hace unos días me contaron una anécdota curiosa. Una chica fue al cine a ver Los Miserables, y salió profundamente enfadada, porque "si llega a saber que es un musical y encima con subtítulos no hubiese ido a ver esa mierda". Dejaré de lado el tema de los subtítulos porque creo que es una batalla perdida contra la gente que "no va al cine a leer". Lo que realmente me llama la atención es que a día de hoy, en lo que muchos llaman la era de la información, alguien entre a una sala de cine sin tener absolutamente ni idea de lo que va a encontrarse. En más de una ocasión me he topado con gente que le pregunta al taquillero del cine cuánto dura cada película y de qué tratan. Ojo, que no me parece mal, es casi hasta heroico, teniendo en cuenta el bombardeo promocional al que nos someten, que alguien sea capaz de llegar a una sala sin tener la más mínima pista de lo que va ver proyectado en la pantalla. El problema viene cuando esa falta de información condiciona nuestra opinión de la película.

Esa chica salió echando pestes del cine, y probablemente le haya hablado mal de la película a todo el que haya podido. La cuestión es que su mala opinión de lo visto no se debe a que sea una mala película (que puede ser) sino que probablemente haya estado mal predispuesta desde momento en que se dio cuenta de que era un musical con "estúpidos" subtítulos, algo que no hubiese sucedido de haber sabido lo que iba a ver. Un caso similar ocurre con las películas a las que se hace una promoción que lleva a equívoco, ya sea de forma intencionada o no, haciendo que buenas películas reciban malas críticas, por no ajustarse a las expectativas. Un caso particularmente divertido es el de la mujer que denunció a la distribuidora de Drive por lo que a su parecer era publicidad engañosa.

Pero la otra cara de la moneda no es menos preocupante. Como decía, vivimos en la denominada era de la información, aunque creo que sería más adecuado llamarla era de la sobre-información. La industria del cine nos bombardea a trailers, fotos del rodaje, teaser-trailers y distintos bocados de información muchos meses antes de que se vaya a estrenar el susodicho proyecto. Información que por otro lado es completamente irrelevante, pero que por las ansias de novedades son elevadas a la categoría de evento mundial (no exagero, se hacen estrenos on-line de trailers y hay mucha gente pegada a su pantalla contando las horas para verlos). Así la industria consigue que películas que en otros tiempos hubiesen pasado desapercibidas, reciban toda la atención posible. Luego, una vez que se estrena la película (o en su defecto aparezca el primer DVDScreener, práctica habitual de los que yo llamo cinéfilos de salón) empiezan a aparecer críticas y opiniones por toda la red, que también devoramos sin piedad. Y así, hinchados de información nos enfrentamos a la película, casi más pendientes de encontrar los fallos y aciertos que hemos visto señalados por otros, para tomar sus opiniones y disfrazarlas de las nuestras propias. Por seguir el ejemplo de Los Miserables, no son pocos los que la habrán visto buscando el más pequeño detalle que permita encumbrar la actuación de Anne Hathaway o por el contrario criticar el uso de los primeros planos de Tom Hooper.


Nos encontramos por tanto con opiniones prefabricadas y opiniones viciadas por los prejuicios o la falta de información. No hay que olvidar que el cine, como negocio que es, se debe en gran medida al boca a boca y una mala reacción puede herir de muerte la carrera comercial de una película o un director. Más que nunca hoy en día, que es muy común escuchar eso de "pues si no está bien la película me la bajo, que es gratis y no me importa". Por lo tanto, desde esta perspectiva cabe preguntarse: ¿cuál de las dos posiciones es más peligrosa?

En el caso de la falta de información solemos toparnos con opiniones totalmente viscerales, que o bien odian o adoran lo que han visto sin concesiones. Sin embargo es relativamente fácil diagnosticar uno de estos casos, pues difícilmente serán capaces de argumentar los motivos de su sentimiento. Suelen ser personas con una concepción limitada del cine, que lo entienden como una manera de entretenerse y olvidarse de sus problemas. Creo que cada uno sabe de quién puede fiarse y de quién no en según que cosas, así que esta situación me parece menos peligrosa en cuanto a la capacidad de influir en la opinión de otros. La otra opción me parece un tanto más preocupante, pues se disfraza de verdadero conocimiento una opinión completamente infundada, basada en lo que han dicho otros o lo que la industria quiere que se diga. Estos juicios suelen distribuirse mucho más y son la vía más rápida para encumbrar películas que no lo merecen o alabarlas por los motivos equivocados.

Por lo tanto, como en todo, creo que lo más sensato es buscar un punto intermedio, no ver una película con demasiada ni con muy poca información, dejando espacio para la sorpresa dentro de lo posible. Considero también importante procurar no caer en ese dogma no escrito de internet, que con su enorme lienzo en blanco parece obligarnos a tener una opinión sobre todo y lo antes posible. A la hora de hacer crítica de cine o simplemente transcribir nuestra opinión, me parece que lo más sensato es pensar si lo que se va a decir no es muy diferente de algo ya dicho, lo más sensato es no decir nada o al menos citar la fuente. De lo contrario estamos condenados a convertirnos, como diría el personaje sin nombre de Edward Norton en El club de la lucha, en una copia, de una copia, de una copia.

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