14 mar. 2013

Una mirada a Holy Motors

Holy Motors, la nueva y controvertida película de Leos Carax es una de esas rara avis que es a la vez una golosina y un reto para el crítico de cine. Al terminar su visionado las grandes escenas, los descubrimientos y las ideas que sugiere se agolpan en la cabeza, buscando su hueco para ser expresadas, y sin embargo el problema llega al intentar construir un texto bien articulado sin tener la sensación de estar dejando algo atrás, de no hacer justicia al trabajo de Carax. Durante el metraje un personaje argumenta que el cine y su belleza están en la mirada del espectador, así que me permito apuntar una de las muchas miradas posibles a ese mecanismo que es Holy Motors.

La película arranca con su director, Leos Carax, despertando en una habitación a oscuras en medio de la noche. A tientas llega hasta una pared que esconde una puerta, y a través de ella accede a una sala de cine. El público está en silencio, impasible, casi podría decirse que no tienen ojos. Carax, con aspecto visiblemente cansado, observa desde las alturas la situación mientras un niño pequeño avanza hacia la pantalla con los brazos abiertos, como si fuera al encuentro de su madre. Mientras tanto aparece otra poderosa imagen, una figura amenazante avanza entre las sombras de la sala, su silueta y respiración nos hacen temer lo peor, pero pronto descubrimos que la bestia se trata de un perro de aspecto bonachón y algo cansado. De repente la silueta nos parece una figura dócil. El anciano agotado, el niño entusiasmado y la fiera entre las sombras, juntos en una sala de cine. Una maravillosa metáfora de los planteamientos que expondrá la película.


Sin duda es muy difícil clasificar Holy Motors dentro de algún género, pues es una película que juega en su propio terreno y casi diríamos que crea sus propias reglas, sin embargo en las dos ocasiones que la he visto me ha dejado el sabor de un cuento de ciencia ficción, situado en un tiempo en el que "las cámaras son tan pequeñas que ya no se ven" dónde todo es cine, y por tanto, ya nada es cine. Monsieur Oscar, el protagonista, se pasa la vida interpretando personajes y haciendo papeles en los que incluso se deja la vida, como si de una continua película se tratara. En ese mundo en el que todo lo que nos rodea es una ficción ¿qué queda como entretenimiento? En un momento de descanso, mientras Oscar está comiendo, lo que observa a través de una pantalla es la calle que recorre con su limusina. Están tan saturados de ficción, de historias imposibles y revelaciones inesperadas, que la alternativa es observar el mundo que nos rodea sin más. Sin embargo, en otro momento del film, para apreciar la belleza del entorno deben recurrir a filtros infrarrojos o de visión térmica. Incluso los sueños tienen aspecto de vídeo, así de infiltrado está el artificio.

Durante el metraje Oscar interpreta a varios personajes y vive sus correspondientes historias, en una sucesión que hace que el espectador nunca pise suelo firme, pues cuando cree haber comprendido los mecanismos de la historia, Carax es capaz de sorprender de nuevo. Las representaciones en las que se involucra Oscar nos recuerdan la grandeza del cine pues nos brinda la posibilidad de vivir mil vidas que nunca serán nuestras y a la vez nos permite vivir mil veces una misma historia. Sin embargo Oscar no parece apreciar esa grandeza, y pasa por esas historias como un simple acto mecánico.

Nos encontramos pues ante una historia profundamente triste, pesimista e incluso melancólica. Carax parece estar preocupado porque la continua expansión e infiltración del cine en el tejido de nuestra realidad acaben por convertirlo en algo anodino, que aniquilen esa sensación de maravilla que siempre lo ha caracterizado, por culpa de aquellos que han pretendido domesticar a la bestia que es el cine. Carax utiliza esa sensación de cansancio y repetición como motor para alcanzar la renovación y el descubrimiento, creando una película que muta a cada paso e incluso se transforma en cada visionado. De esta forma la historia pesimista se convierte en la prueba de que el cine aún tiene mucho que decir y que, al igual que Oscar, aunque parezca caer muerto siempre es capaz de volver a levantarse. Finalmente el anciano cansado vuelve a ser el niño ilusionado y la fiera regresa a las sombras, más amenazante que nunca.


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