Empiezo a escribir sabiendo ya cómo acabará el relato, al igual que cuando nacemos sabemos de alguna manera la forma en que acabará todo. Nos pasamos la vida buscándole el sentido, el gran secreto que se esconde detrás, el objetivo que debemos alcanzar, y así es como dejamos que se nos escape. Aunque consiguieses descubrir el secreto nada cambiaría, no habría una gran fiesta ni algún dios bajaría a felicitarte por tu trabajo, te morirías igual que todos. Porque el objetivo de la vida es morir, y mientras tanto, vives.
Pensándolo fríamente yo soy igual. Mi vida consiste en ir construyendo un montón de cosas para luego derrumbarlas en un momento y volver a empezar. No importa cuantos nuevos amigos haga, cuantas novias me eche y cuantos trabajos empiece; no importa cuantas veces me diga "esto es de verdad, lo voy a hacer bien" que cuando me quiero dar cuenta lo he echado todo a perder y de vuelta al punto de control. Podría decirse que al menos con cada una de esas experiencias aprendo algo nuevo y me convierto en alguien mejor, que tomo nota de los errores para no volverlos a cometer, que el objetivo de ese camino era no volverlo a recorrer... pero sin embargo siempre lo vuelvo a hacer. Me he frustrado muchas veces por ello, me he odiado a mi mismo pensando que el problema era yo, he odiado a todo el mundo pensando que el problema eran ellos, he decidido pasar de todo a ver si esa era la solución, pero tarde o temprano me acaba afectando. Y ahora, en un momento tonto mirando al techo encuentro la solución: soy una repetición en potencia. Mi objetivo es girar sobre mi mismo una y otra vez, sin importar a quién me lleve por delante o quién se quede atrás. Soy una gran rueda que nunca se quedará sin energía. Pues que así sea.
Antes de llegar al final quiero confesar que nunca supe como acabaría el relato, pero era una buena forma de empezar. Definitivamente es cosa mía, estoy enganchado a los bucles.
Un blog en el que tiene cabida un poco de todo, críticas, opiniones, noticias, narraciones, música...
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15 abr 2012
9 abr 2012
El gato y los ratones
Desde pequeño Peter escuchaba a la gente decir que el tiempo iba muy deprisa, que lo acababa estropeando todo y nadie podía escapar de él. No le parecía justo, ¿quién se creía el tiempo para pasar por encima de todos? Así, Peter decidió que iba a correr más que el tiempo, que a él no lo iba a pillar. Lo consiguió. Lo creáis o no Peter corrió tanto, vivió tan deprisa, que se duplicó.
Por un lado estaba Pit, la parte que empezó a correr y ya no pudo parar. Nunca estaba en una misma ciudad más de un mes. La gente que creía conocerlo en realidad sólo llegaba a avistar una pequeña parte de él, no había tiempo para más. En realidad no creo que él mismo se llegase a conocer, vivía improvisando. Para Pit se inventó la expresión "sexo, drogas y Rock & Roll". No le quedó una postura sin probar, una vena sin pinchar o un acorde sin tocar. No conocía la diferencia entre día y noche, tras sus gafas de sol todo se veía igual, era siempre fiesta, no había tiempo que perder. Pit vivió tan deprisa que murió y no se dio cuenta hasta que pasaron tres días.
Al otro lado del cuadro tenemos a Peter, la parte que no se enteró que había que empezar a correr, así que se quedó donde estaba. Pasó un tiempo buscando su lugar más cómodo en la vida y luego se quedó ahí, estático, no fuera a ser que no lo encontrase más. Salía de casa, iba al trabajo (uno en el que no tuviese que esforzarse demasiado ni adquirir responsabilidades) y de vez en cuando se permitía encontrarse con algunos amigos a tomarse una cerveza. Pero siempre los jueves, no había otra opción. Mataba el tiempo, con algún hobby esporádico, esperando que todo pasase más rápido. La gente que creía conocerlo en realidad sólo conocía lo que querían ver en Peter. Era un reservorio para los sueños de otros, pues él no tenía ninguno. Prácticamente se tumbó en el camino esperando a que el tiempo le pasara por encima a los mandos de su apisonadora. Y para cuando murió, tuvieron que pasar tres días para que el resto se diese cuenta.
Lo más gracioso, desde el punto de vista del extraño humor que tiene el destino, es que en ese último momento ambos tuvieron algo en común. Ambos pensaron que les hubiese gustado vivir otras vidas, probar otras cosas, llevar otro ritmo. Pero nunca hubo tiempo para cambiar la marcha.
Por un lado estaba Pit, la parte que empezó a correr y ya no pudo parar. Nunca estaba en una misma ciudad más de un mes. La gente que creía conocerlo en realidad sólo llegaba a avistar una pequeña parte de él, no había tiempo para más. En realidad no creo que él mismo se llegase a conocer, vivía improvisando. Para Pit se inventó la expresión "sexo, drogas y Rock & Roll". No le quedó una postura sin probar, una vena sin pinchar o un acorde sin tocar. No conocía la diferencia entre día y noche, tras sus gafas de sol todo se veía igual, era siempre fiesta, no había tiempo que perder. Pit vivió tan deprisa que murió y no se dio cuenta hasta que pasaron tres días.
Al otro lado del cuadro tenemos a Peter, la parte que no se enteró que había que empezar a correr, así que se quedó donde estaba. Pasó un tiempo buscando su lugar más cómodo en la vida y luego se quedó ahí, estático, no fuera a ser que no lo encontrase más. Salía de casa, iba al trabajo (uno en el que no tuviese que esforzarse demasiado ni adquirir responsabilidades) y de vez en cuando se permitía encontrarse con algunos amigos a tomarse una cerveza. Pero siempre los jueves, no había otra opción. Mataba el tiempo, con algún hobby esporádico, esperando que todo pasase más rápido. La gente que creía conocerlo en realidad sólo conocía lo que querían ver en Peter. Era un reservorio para los sueños de otros, pues él no tenía ninguno. Prácticamente se tumbó en el camino esperando a que el tiempo le pasara por encima a los mandos de su apisonadora. Y para cuando murió, tuvieron que pasar tres días para que el resto se diese cuenta.
Lo más gracioso, desde el punto de vista del extraño humor que tiene el destino, es que en ese último momento ambos tuvieron algo en común. Ambos pensaron que les hubiese gustado vivir otras vidas, probar otras cosas, llevar otro ritmo. Pero nunca hubo tiempo para cambiar la marcha.
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Sexo drogas y Rock and Roll
24 mar 2012
Big Air
Salgo de casa con la mochila a la espalda, la gorra en la cabeza y mi skate bajo el brazo. En la mochila llevo lo justo: una botella de agua, algunas galletas y una chaqueta para cuando caiga la noche. No hay hueco para miedos ni preocupaciones, precisamente se trata de eso. Me dejo caer cuesta abajo hacia el parque, la carretera me enseña sus mejores baches, pero nos conocemos demasiado bien. El viento me golpea en la cara, me intenta arrancar la gorra y de paso el equilibrio, pero no pienso ceder.
Kick flip 180, 5-0 en la baranda y salir a Half cab. Tras muchos intentos consigo hacerlo. Me siento, bebo un poco de agua, me seco el sudor y a por otra cosa. La gente no suele entenderlo, pero cada truco bien caído, cada línea acabada son una gran satisfacción. Y mientras tanto, nada más tiene hueco en tu cabeza. Nada de problemas, responsabilidades o decepciones; se trata de ti, tu tabla y sacar el máximo provecho a lo que encuentres a tu alrededor.
A la gente no suele gustarle que practique skate. Siempre hay alguien dispuesto a decirte lo peligroso que es, que te vas a romper algo. O mejor aún, que eres un vándalo y estás rompiendo la ciudad. No entiendo esa manía con las cosas que se rompen, cuando son precisamente ellos los que están rotos. El miedo se ha metido en las grietas de sus almas, hinchándose poco a poco hasta conseguir derrumbarlos por completo, pero no quieren darse cuenta. Algo que aprendí muy pronto con el skate es que todo es más fácil si vas a fakie. Es mejor ir de espaldas al mundo, sin intentar prever lo que viene por delante. El secreto es dejarse llevar y el impulso hará el resto.
Todo el mundo tiene miedo. Mica solía decirme "hermanito, un día te vas a matar con eso". Sabía que no lo decía totalmente serio, pero el miedo se escondía en su mirada, solo que yo nunca dejé que me alcanzase. A ella en cambio nadie le decía que iba a matarse cada vez que se metía en la ducha, y sin embargo fue lo que sucedió. Un resbalón, te golpeas en el lugar equivocado y se acabó todo. No hace falta llevar una tabla bajo los pies para hacerse daño, pero supongo que es parte del juego del miedo. Nos señala peligros a nuestro alrededor para despistarnos de otros que nos acechan. La cuestión es no dejarnos nunca en paz.
Estaréis pensando que hablo muy a la ligera de lo que le pasó a mi hermana. Os lo repito, ahora mismo somos yo y mi tabla, no hay hueco para más. Esta es mi terapia. Es más barata que un psicólogo, me mantiene ocupado y no le hago daño a nadie... aunque eso depende de a quién le preguntes. Por lo pronto voy a practicar un rato en el Half-pipe. Con suerte alcanzaré suficiente altura para escuchar reír a Mica de nuevo.
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18 mar 2012
Una historia y un secreto
Os voy a contar una historia. Es la historia de un barco; un barco hundido para más señas. Este barco no fue tocado y hundido por una azarosa combinación de letras y números, ni una roca afilada abrió una brecha en su fuselaje llevándolo a un agónico naufragio. El barco que nos ocupa se hundió bajo el peso de los fantasmas que llevaba en su interior. Al principio no le molestaban los fantasmas, de hecho le gustaba eso de tener a alguien acompañándole, recordándole antiguas aventuras que había olvidado y recorriendo sus rincones más escondidos. Poco a poco fue creciendo el número de fantasmas a bordo, obligándole a aminorar la marcha, hasta que llegó un momento en que le fue imposible avanzar, viéndose arrastrado al fondo del mar. El barco iba descendiendo, al principio intentaba luchar, pero acabó rindiéndose ante la gravedad y se asentó en el fondo. No le gustaba su nueva ubicación: el suelo era demasiado duro y echaba de menos la brisa y el choque de las olas en su casco. Los peces, pulpos y cangrejos tampoco estaban contentos. Ese no era su lugar. Que se vuelva para arriba, decían, está ocupando nuestro precioso suelo, tirado ahí como si estuviese muerto. Pero el barco no podía hacer nada.
El tiempo fue pasando e inevitablemente el barco se adaptó. Las algas crecían en las antaño brillantes barandas, sus llamativos colores quedaron sepultados bajo la sal, arena y moluscos. Los peces se divertían recorriendo sus pasillos inundados y las morenas encontraron en él un buen cobijo. De vez en cuando pasaba un tiburón en busca de su presa, rompiendo la decoración a su paso. Esto al principio le molestaba mucho, hasta que asumió que ya no era dueño de sí mismo y que ahora pertenecía al mar. Un día, o noche, llegaron los humanos, con sus atmósferas embotelladas y sus falsas pieles de goma. Lo recorrieron de arriba a abajo, desnudándolo con sus linternas y fotografiando todo lo que podían. Se marcharon, pero no tardaron mucho en regresar. Esta vez eran muchos más y traían una extraña maquinaria a la que lo acoplaron y utilizaron para llevarlo a la superficie.
El barco se había acostumbrado a su nueva vida, pero se estaba ilusionando ante la idea de volver a navegar. Sin embargo, su destino no era el que esperaba. Fue llevado a tierra, donde lo expusieron ante los ojos de muchos curiosos. Lo observaban con asombro ante la grandeza de lo que había sido, pero en esos ojos había también lástima por lo que era ahora, un amasijo de hierros sucios y madera agrietada. El barco odiaba verse en esos ojos, odiaba apenas distinguir ese pasado del que se sentía orgulloso. Este no era su lugar, ni su tiempo... y por un momento deseó haber sido un avión, para estrellarse a tiempo, quedando reducido a un montón de trozos irreconocibles de metal, sin tener que asistir a su propia decadencia.
Y ahora, tengo que contaros un secreto. Os he mentido. Esta no es sólo la historia de un barco, es también mi historia. Porque toda historia que escribimos es en cierto modo nuestra historia. Quizás no aún, puede que esté por venir, o puede que no lo veamos en la superficie, pero siempre hay un pedazo nuestro. Dicen que la imaginación es ilimitada, que podemos crear mundos imposibles y vivir las vidas de otros, pero todo sale de nuestra mente y tiene inevitablemente su molde. No estoy diciendo que yo sea ese barco, pero estoy en sus camarotes, buscando mi historia. Espero que vosotros encontréis la vuestra.
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11 mar 2012
Flotando
Sus ojos. Siempre fueron sus ojos. Esos ojos tan profundos que al mirarlos sentía como si me arrancaran del suelo y flotara a la deriva. Parecía que hubiese un universo ahí dentro y yo era el elegido para explorarlo y desentrañar todos sus misterios. Daría lo que fuese por poder volver a mirar a esos ojos. Claro que no tener nada que ofrecer y estar a millones de kilómetros de ellos lo convierten en un problema muy complicado.
Las grandes historias de amor tienen un comienzo memorable, pero la nuestra no es una de esas. Vivíamos cerca, de vez en cuando nos veíamos en el supermercado, nos cruzábamos por la calle, pero nada más. Ni siquiera me había percatado de la magia de sus ojos. El caso es que una noche coincidimos en un local estando de fiesta, nuestras versiones embriagadas se saludaron, entablaron conversación, siguieron bebiendo y acabaron follando. A la mañana siguiente nos topamos en la misma cama y resultó que había química al quitar el alcohol de la ecuación. Por aquel entonces yo aún estaba con mi preparación física para pasar las pruebas y Megan acababa de terminar su carrera y se estaba tomando un merecido año sabático. Se llamaba Megan, pero a mí me gustaba llamarla Nebulosa. Al principio se lo decía porque la veía envuelta en un halo de misterio. Y por esos ojos llegados del espacio. Con el tiempo descubrí que se parecía más a las nebulosas de lo que creía.
Probablemente penséis que estoy divagando, pero cuando estás solo a los mandos una nave en un lugar desconocido del espacio, no quedan muchas más opciones. Os aviso que esto no es para nada como lo pintan. Nada de misterios y descubrimientos importantes, es todo oscuridad y soledad... casi desearía tener a un octavo pasajero rondando por aquí. También está este frío insoportable. Aunque no descarto que el frío venga de mi alma, muriendo poco a poco.
Pasé muy buenos tiempos con Megan, aunque no teníamos muchos amigos, en parte por culpa de mi trabajo y en parte porque no todo el mundo comprendía a Megan. Existen dos tipos de nebulosas, unas que reflejan la luz a su alrededor y otras que la "absorben", viéndose como puntos negros en mitad del espacio. Mi Nebulosa tenía un poco de ambas. A ratos era toda luz, alegría entregada en cuerpo y alma al resto, como de repente se encerraba en sí misma y parecía una triste sombra de lo que podía llegar a ser. No sé de dónde salía eso, no quería hablar del tema, pero me gustaba. Pensaréis que estoy loco, pero me gustaba esa sensación de estar trabajando con material inflamable y tener que esforzarme para controlarla y que no descarrilara en cualquier momento. Supongo que se debe a esto de ser astronauta, pero me gustaba la sensación de estar a prueba cada día.
Suena el despertador y me expulsa de mis recuerdos. Los primeros acordes de Ziggy Stardust avisan de que ahora sería el momento en que tocaría comenzar con las labores de la jornada, pero ya nada de eso importa. Me tambaleo hacia él para apagarlo y me encuentro las manchas de sangre en la pared. Vaya, había vuelto a olvidar los cadáveres de mis compañeros. Los 6 compañeros a los que maté hará unas 7 horas. La verdad es que es una lástima que me hicieran las pruebas psicológicas antes de que todo se fuera a la mierda.
Fue sólo un par de días antes de que empezase la misión. Había estado muy liado con la preparación y apenas había visto a Megan en semanas. Al mirarla supe que no estaba bien, y ella no dudó en disparar a bocajarro. Me pidió que no fuese al espacio, que abandonase la misión y yo le dije que no podía hacer eso. Entonces explotó justo delante de mi cara.
"Sí que puedes, lo sabes perfectamente. Tienen a cientos de astronautas a su disposición, sólo tendrían que levantar el teléfono y pedirlo, como si fuese una puta pizza con doble de queso. Pero no, tienes que ir tú porque ese es tu esquema. Siempre dejas todo para después, nada es lo suficientemente importante para hacerlo en el momento, excepto ir al espacio, por supuesto. La única puta cosa que no va a cambiar porque la descuides un rato, pero tú tienes que ir en cuanto te llamen. Y ni se te ocurra llamarme Nebulosa. Siempre con eso de que me parezco a las nebulosas, con tus chorradas de la luz, la oscuridad y lo inestable que soy. ¿Acaso has hecho algo para cambiarlo? Encontraste la manera de arreglarlo in extremis y te has limitado a repetir el esquema cuando es necesario. Joder, has conseguido que hasta mis crisis sean una puta rutina y no has intentado cambiarlo. Estoy harta. Estoy harta del espacio, de las jodidas nebulosas, de ti, de nosotros, de como te has acomodado y de que no seas capaz de permitirte ningún impulso salvo para salir de este planeta y alejarte así de todos los problemas."
Lo soltó todo de golpe, casi sin respirar y dejándome a mí sin respiración. Al final seguí su consejo y me dejé llevar por un impulso, pero elegí un mal momento y lugar. Mi impulso le costó la vida a mis compañeros y la mía esta a punto de subir al marcador. No sé si en ese momento mi Nebulosa explotó para que naciese una estrella o si ya era una estrella muerta cuando la conocí. Tampoco sé lo que sucederá con la nebulosa que veo a lo lejos al saltar fuera de la nave. Podría reír. Podría llorar. Podría incluso gritar su nombre. Megan. Muy alto, para que se enterase todo el universo. Lo haría de no ser porque se me está agotando el oxígeno y estoy a punto de morir para pasarme la eternidad flotando en el espacio, como un día floté en sus ojos.
Probablemente penséis que estoy divagando, pero cuando estás solo a los mandos una nave en un lugar desconocido del espacio, no quedan muchas más opciones. Os aviso que esto no es para nada como lo pintan. Nada de misterios y descubrimientos importantes, es todo oscuridad y soledad... casi desearía tener a un octavo pasajero rondando por aquí. También está este frío insoportable. Aunque no descarto que el frío venga de mi alma, muriendo poco a poco.
Pasé muy buenos tiempos con Megan, aunque no teníamos muchos amigos, en parte por culpa de mi trabajo y en parte porque no todo el mundo comprendía a Megan. Existen dos tipos de nebulosas, unas que reflejan la luz a su alrededor y otras que la "absorben", viéndose como puntos negros en mitad del espacio. Mi Nebulosa tenía un poco de ambas. A ratos era toda luz, alegría entregada en cuerpo y alma al resto, como de repente se encerraba en sí misma y parecía una triste sombra de lo que podía llegar a ser. No sé de dónde salía eso, no quería hablar del tema, pero me gustaba. Pensaréis que estoy loco, pero me gustaba esa sensación de estar trabajando con material inflamable y tener que esforzarme para controlarla y que no descarrilara en cualquier momento. Supongo que se debe a esto de ser astronauta, pero me gustaba la sensación de estar a prueba cada día.
Suena el despertador y me expulsa de mis recuerdos. Los primeros acordes de Ziggy Stardust avisan de que ahora sería el momento en que tocaría comenzar con las labores de la jornada, pero ya nada de eso importa. Me tambaleo hacia él para apagarlo y me encuentro las manchas de sangre en la pared. Vaya, había vuelto a olvidar los cadáveres de mis compañeros. Los 6 compañeros a los que maté hará unas 7 horas. La verdad es que es una lástima que me hicieran las pruebas psicológicas antes de que todo se fuera a la mierda.
Fue sólo un par de días antes de que empezase la misión. Había estado muy liado con la preparación y apenas había visto a Megan en semanas. Al mirarla supe que no estaba bien, y ella no dudó en disparar a bocajarro. Me pidió que no fuese al espacio, que abandonase la misión y yo le dije que no podía hacer eso. Entonces explotó justo delante de mi cara.
"Sí que puedes, lo sabes perfectamente. Tienen a cientos de astronautas a su disposición, sólo tendrían que levantar el teléfono y pedirlo, como si fuese una puta pizza con doble de queso. Pero no, tienes que ir tú porque ese es tu esquema. Siempre dejas todo para después, nada es lo suficientemente importante para hacerlo en el momento, excepto ir al espacio, por supuesto. La única puta cosa que no va a cambiar porque la descuides un rato, pero tú tienes que ir en cuanto te llamen. Y ni se te ocurra llamarme Nebulosa. Siempre con eso de que me parezco a las nebulosas, con tus chorradas de la luz, la oscuridad y lo inestable que soy. ¿Acaso has hecho algo para cambiarlo? Encontraste la manera de arreglarlo in extremis y te has limitado a repetir el esquema cuando es necesario. Joder, has conseguido que hasta mis crisis sean una puta rutina y no has intentado cambiarlo. Estoy harta. Estoy harta del espacio, de las jodidas nebulosas, de ti, de nosotros, de como te has acomodado y de que no seas capaz de permitirte ningún impulso salvo para salir de este planeta y alejarte así de todos los problemas."
Lo soltó todo de golpe, casi sin respirar y dejándome a mí sin respiración. Al final seguí su consejo y me dejé llevar por un impulso, pero elegí un mal momento y lugar. Mi impulso le costó la vida a mis compañeros y la mía esta a punto de subir al marcador. No sé si en ese momento mi Nebulosa explotó para que naciese una estrella o si ya era una estrella muerta cuando la conocí. Tampoco sé lo que sucederá con la nebulosa que veo a lo lejos al saltar fuera de la nave. Podría reír. Podría llorar. Podría incluso gritar su nombre. Megan. Muy alto, para que se enterase todo el universo. Lo haría de no ser porque se me está agotando el oxígeno y estoy a punto de morir para pasarme la eternidad flotando en el espacio, como un día floté en sus ojos.
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Nebulosa
4 mar 2012
La sombra
Se dice que todas las personas tienen un límite. Sospecho que el mío hace mucho que quedó fuera del mapa. ¿Conocéis la expresión "estar de mierda hasta el cuello"? Pues yo ahora mismo tendría el récord de profundidad en apnea. No sabría deciros el momento exacto, pero desde hace un tiempo he estado moviéndome por pura inercia.
Lo que sí puedo decir sin temor a equivocarme es que es todo culpa de esta maldita ciudad. Pensaréis que no es muy loable echarle la culpa a otros, y menos a algo inanimado como es una ciudad, pero eso es porque no conocéis ESTA ciudad (y mi consejo es que procuréis que eso nunca cambie). Os hablo de una ciudad capaz de lo mejor y lo peor, en la que el rascacielos más espectacular se codea con el callejón más putrefacto, donde la luz y las sombras son dos caras de la misma moneda y hasta el vapor que sale de las alcantarillas esconde una dosis de locura.
Como se suele decir, llegué aquí en busca de oportunidades, y al principio la ciudad me recibió con una sonrisa. Conseguí un buen trabajo en una empresa emergente, me establecí en un bonito apartamento e incluso hice amigos en poco tiempo. Pero esa sonrisa se fue convirtiendo en una horrible mueca, y cuando quise darme cuenta todo se había jodido. Mi empresa resultó ser la tapadera de unos mafiosos, no tuve más remedio que mudarme a un barrio horrible y mis amigos... bueno, los que no estaban muertos preferirían estarlo. Y encima no podía salir de la ciudad porque tenía deudas con gente a la que evitarías siquiera mirar a los ojos. Poco a poco me fui hundiendo en la mierda hasta que no me quedó más remedio que aprender a disfrutarla. Al final, la ciudad se había metido dentro de mí, el miedo me había calado los huesos y la locura me corría por las venas, susurrándome qué hacer con una voz pastosa pero extrañamente seductora.
Y así llegamos a esta noche, vagando por las calles. No sé si buscando algo de droga que difumine un poco los monstruos que me rodean, o simplemente una piedra con la que tropezar y con suerte romperme el cuello al caer. Los callejones susurran burlándose de mí, las farolas parpadean para dificultarme aún más el camino y el viento me revuelve el pelo robándome los restos que quedan de la sombra de lo que algún día fui. Tengo la sensación de que algo me vigila, y en sus ojos hay más asco que compasión, lo que consigue que me enfade aún más. Yo no tengo culpa de esto, no quería llegar a esta situación... Yo no soy esta persona.
Entonces veo a una pareja con su precioso hijito saliendo del portal y bajan la mirada mientras me acerco, intentando alejarse todo lo posible en esta ridículamente ancha acera y descubro que puede que aún no hubiese llegado a mi límite.
-¿A dónde demonios creéis que vais? ¿Estáis huyendo de mí? -grita una voz desde mi boca.
-Disculpe, no pretendíamos...
-No es de mí de lo que debéis huir, no soy el problema. El problema nos rodea a todos, nos ilumina con esas farolas, nos transporta por estas calles, nos observa desde esos rascacielos... Estamos encerrados dentro del problema, ¿y me teméis a mí?
-Por favor, señor, sentimos haberle ofen...
-No soy ningún señor, eso fue en otra vida. -la claridad de la idea dibuja una sonrisa en mi cara- Quizás es eso, quizás tenéis razón. Creo que es la hora de asumir que sí soy un problema, que sí debéis temerme.
Entonces me abalanzo sobre la mujer, que grita aterrorizada como marcan los cánones. No tengo claro si grita porque teme por su vida o por el collar de perlas que lleva al cuello y estoy aferrando; pero sé que ese grito me reconforta más que otra cosa. El hombre me golpea en las costillas pero en mi éxtasis no puedo dejar de reír. Suelto a la mujer y me encaro a ese ricachón. Entonces veo una sombra, algo me golpea y me alejo del suelo para acabar en el fondo de un callejón frente a él.
Podría mentiros. Podría decir que vi al Murciélago, al Caballero Oscuro en todo su esplendor, que observé esa boca que no sabe de sonrisas y lo miré fijamente a esos ojos llenos de preocupaciones, pero no fue así. Sólo pude ver una sombra, una gran figura oscura, una especie de agujero negro que absorvió toda la locura dejando el miedo en su lugar. Sentí su voz, haciendo temblar todos mis huesos. Dijo que me marchara, que este no era mi lugar, que yo no era como todos ellos y que aún tenía solución. Y tenía razón, porque no estaba lo suficientemente loco como para llevarle la contraria.
Lo que sí puedo decir sin temor a equivocarme es que es todo culpa de esta maldita ciudad. Pensaréis que no es muy loable echarle la culpa a otros, y menos a algo inanimado como es una ciudad, pero eso es porque no conocéis ESTA ciudad (y mi consejo es que procuréis que eso nunca cambie). Os hablo de una ciudad capaz de lo mejor y lo peor, en la que el rascacielos más espectacular se codea con el callejón más putrefacto, donde la luz y las sombras son dos caras de la misma moneda y hasta el vapor que sale de las alcantarillas esconde una dosis de locura.
Como se suele decir, llegué aquí en busca de oportunidades, y al principio la ciudad me recibió con una sonrisa. Conseguí un buen trabajo en una empresa emergente, me establecí en un bonito apartamento e incluso hice amigos en poco tiempo. Pero esa sonrisa se fue convirtiendo en una horrible mueca, y cuando quise darme cuenta todo se había jodido. Mi empresa resultó ser la tapadera de unos mafiosos, no tuve más remedio que mudarme a un barrio horrible y mis amigos... bueno, los que no estaban muertos preferirían estarlo. Y encima no podía salir de la ciudad porque tenía deudas con gente a la que evitarías siquiera mirar a los ojos. Poco a poco me fui hundiendo en la mierda hasta que no me quedó más remedio que aprender a disfrutarla. Al final, la ciudad se había metido dentro de mí, el miedo me había calado los huesos y la locura me corría por las venas, susurrándome qué hacer con una voz pastosa pero extrañamente seductora.
Y así llegamos a esta noche, vagando por las calles. No sé si buscando algo de droga que difumine un poco los monstruos que me rodean, o simplemente una piedra con la que tropezar y con suerte romperme el cuello al caer. Los callejones susurran burlándose de mí, las farolas parpadean para dificultarme aún más el camino y el viento me revuelve el pelo robándome los restos que quedan de la sombra de lo que algún día fui. Tengo la sensación de que algo me vigila, y en sus ojos hay más asco que compasión, lo que consigue que me enfade aún más. Yo no tengo culpa de esto, no quería llegar a esta situación... Yo no soy esta persona.
Entonces veo a una pareja con su precioso hijito saliendo del portal y bajan la mirada mientras me acerco, intentando alejarse todo lo posible en esta ridículamente ancha acera y descubro que puede que aún no hubiese llegado a mi límite.
-¿A dónde demonios creéis que vais? ¿Estáis huyendo de mí? -grita una voz desde mi boca.
-Disculpe, no pretendíamos...
-No es de mí de lo que debéis huir, no soy el problema. El problema nos rodea a todos, nos ilumina con esas farolas, nos transporta por estas calles, nos observa desde esos rascacielos... Estamos encerrados dentro del problema, ¿y me teméis a mí?
-Por favor, señor, sentimos haberle ofen...
-No soy ningún señor, eso fue en otra vida. -la claridad de la idea dibuja una sonrisa en mi cara- Quizás es eso, quizás tenéis razón. Creo que es la hora de asumir que sí soy un problema, que sí debéis temerme.
Entonces me abalanzo sobre la mujer, que grita aterrorizada como marcan los cánones. No tengo claro si grita porque teme por su vida o por el collar de perlas que lleva al cuello y estoy aferrando; pero sé que ese grito me reconforta más que otra cosa. El hombre me golpea en las costillas pero en mi éxtasis no puedo dejar de reír. Suelto a la mujer y me encaro a ese ricachón. Entonces veo una sombra, algo me golpea y me alejo del suelo para acabar en el fondo de un callejón frente a él.
Podría mentiros. Podría decir que vi al Murciélago, al Caballero Oscuro en todo su esplendor, que observé esa boca que no sabe de sonrisas y lo miré fijamente a esos ojos llenos de preocupaciones, pero no fue así. Sólo pude ver una sombra, una gran figura oscura, una especie de agujero negro que absorvió toda la locura dejando el miedo en su lugar. Sentí su voz, haciendo temblar todos mis huesos. Dijo que me marchara, que este no era mi lugar, que yo no era como todos ellos y que aún tenía solución. Y tenía razón, porque no estaba lo suficientemente loco como para llevarle la contraria.
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