¿Sabéis ese tipo de cosas que ves todos los días sin pararte a pensar en la importancia que pueden tener? Esas cosas que tienes tiradas por casa, en la habitación, o incluso que ves cada día de camino al trabajo y nunca te paras a pensar en lo útil que podrían ser en un momento dado. Pues hoy voy a contaros una historia real de este tipo. Hoy vengo a contaros la historia de: el día que un paquete de galletas me salvó la vida.
Os mentiría si dijera que recuerdo cómo llegó allí ese paquete de galletas, o que en algún momento imaginé lo importante que llegaría a ser. Probablemente se cayó de mi mochila en algún momento y ahí se quedó, en el asiento de atrás de mi coche, durante meses y meses. A veces me daba cuenta de su presencia, pero por lo general dejaba los bártulos encima de ella y nunca me plantee sacarla del coche por el simple hecho de que soy muy vago. La bolsa simplemente estaba ahí, soportando estoicamente las altas temperaturas a las que se veía expuesta continuamente y sin pedirme nunca que bajara la ventanilla un poco para que no se le derritiese el chocolate (y si lo hizo, yo nunca lo escuché).
Un día, en el largo camino a casa después del trabajo decidí echar una cabezada en un área de descanso. Me desperté en mitad de la noche bastante desorientado. Estaba muy oscuro y no me había dado cuenta de que llevaba ya un buen rato titiritando por culpa de la maldita calefacción que llevaba meses estropeada (ella seguro que no me salvaría la vida). Mientras intentaba reponerme del frío escuché algunos ruidos en torno al coche que hicieron fluir la adrenalina y me ayudaron a entrar en calor. Pero ahora estaba acojonado. Podía ser un oso, un puma... o quizás la chica de la curva se había mudado a un lugar menos peligroso y que no le trajera tan malos recuerdos. Mientras me imaginaba todo tipo de horribles escenarios, la ventana del copiloto se rompió en mil pedazos y apareció una figura junto a la puerta. Era un tipo con capucha que me apuntaba con una pistola.
Me pidió (si es que se puede considerar pedir a algo que te dicen pistola en mano) que me bajase del coche. El tipo estaba tan asustado como yo, se lo notaba en los ojos y en su forma de temblar. Intenté dialogar con él, diciendo que no me podía hacer eso y dejarme ahí tirado. Le dije que el coche era un auténtico cacharro, que no funcionaba la calefacción y encima él acababa de romper una de las lunas. Intenté controlar la situación, de verdad que sí, pero el tipo perdió los nervios o se hartó de mí y acabó apretando el gatillo. Entonces sucedió todo. La bala se dirigía hacia mi pecho a cámara lenta mientras yo me encogía en una postura ridícula como si pudiese evitar el disparo. Oí el impacto, pero no lo sentí y supuse que había acabado todo. Abrí los ojos y vi la mirada aterrorizada del tipo, manchado de sangre al igual que yo. El tipo murmuró una especie de disculpa y salió corriendo. Tras unos minutos me dí cuenta de que no era de sangre de lo que estaba manchado, sino chocolate. Mire al suelo y vi la bolsa de galletas y entonces lo entendí todo.
La bolsa de galletas había saltado desde el asiento
trasero y se había interpuesto en la trayectoria de la bala. Todo este tiempo había estado ahí, yo no le había dado importancia y ahora me había salvado la vida. La sujeté entre mis manos sin parar de llorar y relamí el chocolate que brotaba del agujero que había hecho la bala. Esto no era justo. Le prometí que esto no quedaría así, le prometí que me vengaría, sin dejar de chupar el chocolate que manchaba mis manos. Pero al final no he hecho nada, porque como ya os he dicho, soy muy vago. Pero siempre recordaré ese momento y la valentía de ese paquete. Desde entonces no he vuelto a comerme un paquete de galletas, pero la verdad es que nunca me han gustado demasiado.
Un blog en el que tiene cabida un poco de todo, críticas, opiniones, noticias, narraciones, música...
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20 jun 2012
8 jun 2012
Mi mundo interior
Siempre había oído eso de que cada uno tiene un mundo interior, pero francamente nunca me había planteado visitarlo. Total, si es el mundo interior nadie va a verlo, ya puede estar patas arriba que a nadie le importará... es mi mundo interior y lo tengo como quiero. Y sin embargo ese día me sumergí en él. No me preguntéis como llegué allí. No hay una línea de metro con destino tu mundo interior, parada en tus sueños y anhelos, transbordo a tus recuerdos de la infancia; nada de eso, simplemente me desperté allí. Y no os voy a engañar, no me gustó lo que vi.
Imaginad el piso de universitario más triste que hayáis visto. Quitad de en medio a todas las erasmus borrachas, haceros a la idea de que hace un mes que no se paga el recibo de la luz y mucho menos se limpia y no estaréis ni mucho menos cerca del aspecto que tenía. No era más grande que una habitación, con una pequeña cama desnuda en una de las esquinas y el resto estaba ocupado por toda esa basura que te vas tragando con el paso de los años. Las paredes estaban decoradas con mis sueños y objetivos en la vida a modo de pósters, pero la humedad de la amargura había calado las paredes, reduciéndolos a versiones grotescas de lo que un día fueron, dándoles más aspecto de pesadilla que de sueño. Las paredes estaban agrietadas por todas esas veces que había gritado por dentro para no llamar la atención. Por si aún no ha quedado claro: mi mundo interior estaba en ruinas.
Mi primer instinto fue salir de ahí, correr mucho y con suerte encontrar el camino que me había traído hasta aquí. Luego pensé que podía correr todo lo que quisiera que todo eso iba a seguir dentro de mí. Así que arrasé con todo, o al menos con lo poco que había: rompí la cama (no creáis que me costó demasiado, las polillas habían hecho gran parte del trabajo), destrocé el colchón, me lié a patadas con la basura y empecé a golpear las paredes. A base de golpes las acabé derribando todas, incluida la cuarta. Cuando me quise dar cuenta me encontraba frente a una llanura impresionante, como si estuviese en un fondo de Windows. Miré al cielo y supe que esto era mucho más de lo que podía ver, esto era mi universo interior, y estaba ahí fuera. Me sentía mucho mejor, más libre. Primero pensé que ahora tenía mucho más espacio para acumular mi mierda, pero luego me prometí a mí mismo que eso no volvería a ocurrir.
Imaginad el piso de universitario más triste que hayáis visto. Quitad de en medio a todas las erasmus borrachas, haceros a la idea de que hace un mes que no se paga el recibo de la luz y mucho menos se limpia y no estaréis ni mucho menos cerca del aspecto que tenía. No era más grande que una habitación, con una pequeña cama desnuda en una de las esquinas y el resto estaba ocupado por toda esa basura que te vas tragando con el paso de los años. Las paredes estaban decoradas con mis sueños y objetivos en la vida a modo de pósters, pero la humedad de la amargura había calado las paredes, reduciéndolos a versiones grotescas de lo que un día fueron, dándoles más aspecto de pesadilla que de sueño. Las paredes estaban agrietadas por todas esas veces que había gritado por dentro para no llamar la atención. Por si aún no ha quedado claro: mi mundo interior estaba en ruinas.
Mi primer instinto fue salir de ahí, correr mucho y con suerte encontrar el camino que me había traído hasta aquí. Luego pensé que podía correr todo lo que quisiera que todo eso iba a seguir dentro de mí. Así que arrasé con todo, o al menos con lo poco que había: rompí la cama (no creáis que me costó demasiado, las polillas habían hecho gran parte del trabajo), destrocé el colchón, me lié a patadas con la basura y empecé a golpear las paredes. A base de golpes las acabé derribando todas, incluida la cuarta. Cuando me quise dar cuenta me encontraba frente a una llanura impresionante, como si estuviese en un fondo de Windows. Miré al cielo y supe que esto era mucho más de lo que podía ver, esto era mi universo interior, y estaba ahí fuera. Me sentía mucho mejor, más libre. Primero pensé que ahora tenía mucho más espacio para acumular mi mierda, pero luego me prometí a mí mismo que eso no volvería a ocurrir.
26 abr 2012
Perder la cabeza
El rugido de la masa enfervorecida lo despierta de su ensimismamiento y lo trae de vuelta al mundo real, ese que cada vez parece menos real. El mundo es una bola de luz blanca que le obliga a entrecerrar los ojos. Poco a poco va distinguiendo motas oscuras en movimiento que acaban cristalizando en el pueblo que hace unos días gobernaba. Están todos ahí, bajo el estrado, pero sus caras no son las mismas. Ya no hay rastro del respeto y servidumbre que antes encontraba, ahora son todo ojos inyectados en sangre, nudosas venas y músculos marcándose en sus cuellos y gotas de saliva proyectadas por sus gritos furiosos. No sabe si siempre han sido así, si en el fondo todos somos animales con una máscara humana, o si este es el momento necesario en el que dejan salir al animal para evitar que les gobierne.
Sigue pensando cuando una patada lo derriba, dejándolo de rodillas en el suelo de madera, lo que hace que la muchedumbre grite aún con más fuerza, cosa que hace un momento hubiese jurado que era imposible. Está arrodillado y no se ha dado cuenta, pero el taco de madera ya bloquea su cabeza y sus manos. Podría luchar, patalear, revolverse e incluso gritar, pero eso sólo haría que la gente gritase aún más fuerte, y no planea quedarse sordo antes de morir. Así que no tiene más remedio que mirarles a los ojos y allí lo ve todo: ve como ellos anticipan su muerte, como la desean, sus ganas de ver la sangre correr y el grito que acompañará el momento; ve como después todo seguirá igual, otro rey morirá en la misma plaza, otros gritos despedirán su vida y así un millón de veces; ve como el sol nunca dejará de salir así como la gente no dejará de morir a manos de otros, y siempre habrá alguien que se alegre de ello; comprende que el hombre es un lobo para sí mismo, para su vecino y cualquiera que se cruce en su camino.
Escucha la hoja caer. Siente como corta cada centímetro de aire que la separa de su sudorosa nuca. También siente como toca su piel, poco a poco, alcanzando la epidermis, dermis, músculo y hueso, en un beso tan fiero que la separa del resto de su cuerpo. Y da las gracias, porque si no fuese por la prisa de la guillotina, lo que acababa de ver también le hubiese hecho perder la cabeza.
15 abr 2012
El fin
Empiezo a escribir sabiendo ya cómo acabará el relato, al igual que cuando nacemos sabemos de alguna manera la forma en que acabará todo. Nos pasamos la vida buscándole el sentido, el gran secreto que se esconde detrás, el objetivo que debemos alcanzar, y así es como dejamos que se nos escape. Aunque consiguieses descubrir el secreto nada cambiaría, no habría una gran fiesta ni algún dios bajaría a felicitarte por tu trabajo, te morirías igual que todos. Porque el objetivo de la vida es morir, y mientras tanto, vives.
Pensándolo fríamente yo soy igual. Mi vida consiste en ir construyendo un montón de cosas para luego derrumbarlas en un momento y volver a empezar. No importa cuantos nuevos amigos haga, cuantas novias me eche y cuantos trabajos empiece; no importa cuantas veces me diga "esto es de verdad, lo voy a hacer bien" que cuando me quiero dar cuenta lo he echado todo a perder y de vuelta al punto de control. Podría decirse que al menos con cada una de esas experiencias aprendo algo nuevo y me convierto en alguien mejor, que tomo nota de los errores para no volverlos a cometer, que el objetivo de ese camino era no volverlo a recorrer... pero sin embargo siempre lo vuelvo a hacer. Me he frustrado muchas veces por ello, me he odiado a mi mismo pensando que el problema era yo, he odiado a todo el mundo pensando que el problema eran ellos, he decidido pasar de todo a ver si esa era la solución, pero tarde o temprano me acaba afectando. Y ahora, en un momento tonto mirando al techo encuentro la solución: soy una repetición en potencia. Mi objetivo es girar sobre mi mismo una y otra vez, sin importar a quién me lleve por delante o quién se quede atrás. Soy una gran rueda que nunca se quedará sin energía. Pues que así sea.
Antes de llegar al final quiero confesar que nunca supe como acabaría el relato, pero era una buena forma de empezar. Definitivamente es cosa mía, estoy enganchado a los bucles.
Pensándolo fríamente yo soy igual. Mi vida consiste en ir construyendo un montón de cosas para luego derrumbarlas en un momento y volver a empezar. No importa cuantos nuevos amigos haga, cuantas novias me eche y cuantos trabajos empiece; no importa cuantas veces me diga "esto es de verdad, lo voy a hacer bien" que cuando me quiero dar cuenta lo he echado todo a perder y de vuelta al punto de control. Podría decirse que al menos con cada una de esas experiencias aprendo algo nuevo y me convierto en alguien mejor, que tomo nota de los errores para no volverlos a cometer, que el objetivo de ese camino era no volverlo a recorrer... pero sin embargo siempre lo vuelvo a hacer. Me he frustrado muchas veces por ello, me he odiado a mi mismo pensando que el problema era yo, he odiado a todo el mundo pensando que el problema eran ellos, he decidido pasar de todo a ver si esa era la solución, pero tarde o temprano me acaba afectando. Y ahora, en un momento tonto mirando al techo encuentro la solución: soy una repetición en potencia. Mi objetivo es girar sobre mi mismo una y otra vez, sin importar a quién me lleve por delante o quién se quede atrás. Soy una gran rueda que nunca se quedará sin energía. Pues que así sea.
Antes de llegar al final quiero confesar que nunca supe como acabaría el relato, pero era una buena forma de empezar. Definitivamente es cosa mía, estoy enganchado a los bucles.
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9 abr 2012
El gato y los ratones
Desde pequeño Peter escuchaba a la gente decir que el tiempo iba muy deprisa, que lo acababa estropeando todo y nadie podía escapar de él. No le parecía justo, ¿quién se creía el tiempo para pasar por encima de todos? Así, Peter decidió que iba a correr más que el tiempo, que a él no lo iba a pillar. Lo consiguió. Lo creáis o no Peter corrió tanto, vivió tan deprisa, que se duplicó.
Por un lado estaba Pit, la parte que empezó a correr y ya no pudo parar. Nunca estaba en una misma ciudad más de un mes. La gente que creía conocerlo en realidad sólo llegaba a avistar una pequeña parte de él, no había tiempo para más. En realidad no creo que él mismo se llegase a conocer, vivía improvisando. Para Pit se inventó la expresión "sexo, drogas y Rock & Roll". No le quedó una postura sin probar, una vena sin pinchar o un acorde sin tocar. No conocía la diferencia entre día y noche, tras sus gafas de sol todo se veía igual, era siempre fiesta, no había tiempo que perder. Pit vivió tan deprisa que murió y no se dio cuenta hasta que pasaron tres días.
Al otro lado del cuadro tenemos a Peter, la parte que no se enteró que había que empezar a correr, así que se quedó donde estaba. Pasó un tiempo buscando su lugar más cómodo en la vida y luego se quedó ahí, estático, no fuera a ser que no lo encontrase más. Salía de casa, iba al trabajo (uno en el que no tuviese que esforzarse demasiado ni adquirir responsabilidades) y de vez en cuando se permitía encontrarse con algunos amigos a tomarse una cerveza. Pero siempre los jueves, no había otra opción. Mataba el tiempo, con algún hobby esporádico, esperando que todo pasase más rápido. La gente que creía conocerlo en realidad sólo conocía lo que querían ver en Peter. Era un reservorio para los sueños de otros, pues él no tenía ninguno. Prácticamente se tumbó en el camino esperando a que el tiempo le pasara por encima a los mandos de su apisonadora. Y para cuando murió, tuvieron que pasar tres días para que el resto se diese cuenta.
Lo más gracioso, desde el punto de vista del extraño humor que tiene el destino, es que en ese último momento ambos tuvieron algo en común. Ambos pensaron que les hubiese gustado vivir otras vidas, probar otras cosas, llevar otro ritmo. Pero nunca hubo tiempo para cambiar la marcha.
Por un lado estaba Pit, la parte que empezó a correr y ya no pudo parar. Nunca estaba en una misma ciudad más de un mes. La gente que creía conocerlo en realidad sólo llegaba a avistar una pequeña parte de él, no había tiempo para más. En realidad no creo que él mismo se llegase a conocer, vivía improvisando. Para Pit se inventó la expresión "sexo, drogas y Rock & Roll". No le quedó una postura sin probar, una vena sin pinchar o un acorde sin tocar. No conocía la diferencia entre día y noche, tras sus gafas de sol todo se veía igual, era siempre fiesta, no había tiempo que perder. Pit vivió tan deprisa que murió y no se dio cuenta hasta que pasaron tres días.
Al otro lado del cuadro tenemos a Peter, la parte que no se enteró que había que empezar a correr, así que se quedó donde estaba. Pasó un tiempo buscando su lugar más cómodo en la vida y luego se quedó ahí, estático, no fuera a ser que no lo encontrase más. Salía de casa, iba al trabajo (uno en el que no tuviese que esforzarse demasiado ni adquirir responsabilidades) y de vez en cuando se permitía encontrarse con algunos amigos a tomarse una cerveza. Pero siempre los jueves, no había otra opción. Mataba el tiempo, con algún hobby esporádico, esperando que todo pasase más rápido. La gente que creía conocerlo en realidad sólo conocía lo que querían ver en Peter. Era un reservorio para los sueños de otros, pues él no tenía ninguno. Prácticamente se tumbó en el camino esperando a que el tiempo le pasara por encima a los mandos de su apisonadora. Y para cuando murió, tuvieron que pasar tres días para que el resto se diese cuenta.
Lo más gracioso, desde el punto de vista del extraño humor que tiene el destino, es que en ese último momento ambos tuvieron algo en común. Ambos pensaron que les hubiese gustado vivir otras vidas, probar otras cosas, llevar otro ritmo. Pero nunca hubo tiempo para cambiar la marcha.
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Sexo drogas y Rock and Roll
24 mar 2012
Big Air
Salgo de casa con la mochila a la espalda, la gorra en la cabeza y mi skate bajo el brazo. En la mochila llevo lo justo: una botella de agua, algunas galletas y una chaqueta para cuando caiga la noche. No hay hueco para miedos ni preocupaciones, precisamente se trata de eso. Me dejo caer cuesta abajo hacia el parque, la carretera me enseña sus mejores baches, pero nos conocemos demasiado bien. El viento me golpea en la cara, me intenta arrancar la gorra y de paso el equilibrio, pero no pienso ceder.
Kick flip 180, 5-0 en la baranda y salir a Half cab. Tras muchos intentos consigo hacerlo. Me siento, bebo un poco de agua, me seco el sudor y a por otra cosa. La gente no suele entenderlo, pero cada truco bien caído, cada línea acabada son una gran satisfacción. Y mientras tanto, nada más tiene hueco en tu cabeza. Nada de problemas, responsabilidades o decepciones; se trata de ti, tu tabla y sacar el máximo provecho a lo que encuentres a tu alrededor.
A la gente no suele gustarle que practique skate. Siempre hay alguien dispuesto a decirte lo peligroso que es, que te vas a romper algo. O mejor aún, que eres un vándalo y estás rompiendo la ciudad. No entiendo esa manía con las cosas que se rompen, cuando son precisamente ellos los que están rotos. El miedo se ha metido en las grietas de sus almas, hinchándose poco a poco hasta conseguir derrumbarlos por completo, pero no quieren darse cuenta. Algo que aprendí muy pronto con el skate es que todo es más fácil si vas a fakie. Es mejor ir de espaldas al mundo, sin intentar prever lo que viene por delante. El secreto es dejarse llevar y el impulso hará el resto.
Todo el mundo tiene miedo. Mica solía decirme "hermanito, un día te vas a matar con eso". Sabía que no lo decía totalmente serio, pero el miedo se escondía en su mirada, solo que yo nunca dejé que me alcanzase. A ella en cambio nadie le decía que iba a matarse cada vez que se metía en la ducha, y sin embargo fue lo que sucedió. Un resbalón, te golpeas en el lugar equivocado y se acabó todo. No hace falta llevar una tabla bajo los pies para hacerse daño, pero supongo que es parte del juego del miedo. Nos señala peligros a nuestro alrededor para despistarnos de otros que nos acechan. La cuestión es no dejarnos nunca en paz.
Estaréis pensando que hablo muy a la ligera de lo que le pasó a mi hermana. Os lo repito, ahora mismo somos yo y mi tabla, no hay hueco para más. Esta es mi terapia. Es más barata que un psicólogo, me mantiene ocupado y no le hago daño a nadie... aunque eso depende de a quién le preguntes. Por lo pronto voy a practicar un rato en el Half-pipe. Con suerte alcanzaré suficiente altura para escuchar reír a Mica de nuevo.
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18 mar 2012
Una historia y un secreto
Os voy a contar una historia. Es la historia de un barco; un barco hundido para más señas. Este barco no fue tocado y hundido por una azarosa combinación de letras y números, ni una roca afilada abrió una brecha en su fuselaje llevándolo a un agónico naufragio. El barco que nos ocupa se hundió bajo el peso de los fantasmas que llevaba en su interior. Al principio no le molestaban los fantasmas, de hecho le gustaba eso de tener a alguien acompañándole, recordándole antiguas aventuras que había olvidado y recorriendo sus rincones más escondidos. Poco a poco fue creciendo el número de fantasmas a bordo, obligándole a aminorar la marcha, hasta que llegó un momento en que le fue imposible avanzar, viéndose arrastrado al fondo del mar. El barco iba descendiendo, al principio intentaba luchar, pero acabó rindiéndose ante la gravedad y se asentó en el fondo. No le gustaba su nueva ubicación: el suelo era demasiado duro y echaba de menos la brisa y el choque de las olas en su casco. Los peces, pulpos y cangrejos tampoco estaban contentos. Ese no era su lugar. Que se vuelva para arriba, decían, está ocupando nuestro precioso suelo, tirado ahí como si estuviese muerto. Pero el barco no podía hacer nada.
El tiempo fue pasando e inevitablemente el barco se adaptó. Las algas crecían en las antaño brillantes barandas, sus llamativos colores quedaron sepultados bajo la sal, arena y moluscos. Los peces se divertían recorriendo sus pasillos inundados y las morenas encontraron en él un buen cobijo. De vez en cuando pasaba un tiburón en busca de su presa, rompiendo la decoración a su paso. Esto al principio le molestaba mucho, hasta que asumió que ya no era dueño de sí mismo y que ahora pertenecía al mar. Un día, o noche, llegaron los humanos, con sus atmósferas embotelladas y sus falsas pieles de goma. Lo recorrieron de arriba a abajo, desnudándolo con sus linternas y fotografiando todo lo que podían. Se marcharon, pero no tardaron mucho en regresar. Esta vez eran muchos más y traían una extraña maquinaria a la que lo acoplaron y utilizaron para llevarlo a la superficie.
El barco se había acostumbrado a su nueva vida, pero se estaba ilusionando ante la idea de volver a navegar. Sin embargo, su destino no era el que esperaba. Fue llevado a tierra, donde lo expusieron ante los ojos de muchos curiosos. Lo observaban con asombro ante la grandeza de lo que había sido, pero en esos ojos había también lástima por lo que era ahora, un amasijo de hierros sucios y madera agrietada. El barco odiaba verse en esos ojos, odiaba apenas distinguir ese pasado del que se sentía orgulloso. Este no era su lugar, ni su tiempo... y por un momento deseó haber sido un avión, para estrellarse a tiempo, quedando reducido a un montón de trozos irreconocibles de metal, sin tener que asistir a su propia decadencia.
Y ahora, tengo que contaros un secreto. Os he mentido. Esta no es sólo la historia de un barco, es también mi historia. Porque toda historia que escribimos es en cierto modo nuestra historia. Quizás no aún, puede que esté por venir, o puede que no lo veamos en la superficie, pero siempre hay un pedazo nuestro. Dicen que la imaginación es ilimitada, que podemos crear mundos imposibles y vivir las vidas de otros, pero todo sale de nuestra mente y tiene inevitablemente su molde. No estoy diciendo que yo sea ese barco, pero estoy en sus camarotes, buscando mi historia. Espero que vosotros encontréis la vuestra.
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11 mar 2012
Flotando
Sus ojos. Siempre fueron sus ojos. Esos ojos tan profundos que al mirarlos sentía como si me arrancaran del suelo y flotara a la deriva. Parecía que hubiese un universo ahí dentro y yo era el elegido para explorarlo y desentrañar todos sus misterios. Daría lo que fuese por poder volver a mirar a esos ojos. Claro que no tener nada que ofrecer y estar a millones de kilómetros de ellos lo convierten en un problema muy complicado.
Las grandes historias de amor tienen un comienzo memorable, pero la nuestra no es una de esas. Vivíamos cerca, de vez en cuando nos veíamos en el supermercado, nos cruzábamos por la calle, pero nada más. Ni siquiera me había percatado de la magia de sus ojos. El caso es que una noche coincidimos en un local estando de fiesta, nuestras versiones embriagadas se saludaron, entablaron conversación, siguieron bebiendo y acabaron follando. A la mañana siguiente nos topamos en la misma cama y resultó que había química al quitar el alcohol de la ecuación. Por aquel entonces yo aún estaba con mi preparación física para pasar las pruebas y Megan acababa de terminar su carrera y se estaba tomando un merecido año sabático. Se llamaba Megan, pero a mí me gustaba llamarla Nebulosa. Al principio se lo decía porque la veía envuelta en un halo de misterio. Y por esos ojos llegados del espacio. Con el tiempo descubrí que se parecía más a las nebulosas de lo que creía.
Probablemente penséis que estoy divagando, pero cuando estás solo a los mandos una nave en un lugar desconocido del espacio, no quedan muchas más opciones. Os aviso que esto no es para nada como lo pintan. Nada de misterios y descubrimientos importantes, es todo oscuridad y soledad... casi desearía tener a un octavo pasajero rondando por aquí. También está este frío insoportable. Aunque no descarto que el frío venga de mi alma, muriendo poco a poco.
Pasé muy buenos tiempos con Megan, aunque no teníamos muchos amigos, en parte por culpa de mi trabajo y en parte porque no todo el mundo comprendía a Megan. Existen dos tipos de nebulosas, unas que reflejan la luz a su alrededor y otras que la "absorben", viéndose como puntos negros en mitad del espacio. Mi Nebulosa tenía un poco de ambas. A ratos era toda luz, alegría entregada en cuerpo y alma al resto, como de repente se encerraba en sí misma y parecía una triste sombra de lo que podía llegar a ser. No sé de dónde salía eso, no quería hablar del tema, pero me gustaba. Pensaréis que estoy loco, pero me gustaba esa sensación de estar trabajando con material inflamable y tener que esforzarme para controlarla y que no descarrilara en cualquier momento. Supongo que se debe a esto de ser astronauta, pero me gustaba la sensación de estar a prueba cada día.
Suena el despertador y me expulsa de mis recuerdos. Los primeros acordes de Ziggy Stardust avisan de que ahora sería el momento en que tocaría comenzar con las labores de la jornada, pero ya nada de eso importa. Me tambaleo hacia él para apagarlo y me encuentro las manchas de sangre en la pared. Vaya, había vuelto a olvidar los cadáveres de mis compañeros. Los 6 compañeros a los que maté hará unas 7 horas. La verdad es que es una lástima que me hicieran las pruebas psicológicas antes de que todo se fuera a la mierda.
Fue sólo un par de días antes de que empezase la misión. Había estado muy liado con la preparación y apenas había visto a Megan en semanas. Al mirarla supe que no estaba bien, y ella no dudó en disparar a bocajarro. Me pidió que no fuese al espacio, que abandonase la misión y yo le dije que no podía hacer eso. Entonces explotó justo delante de mi cara.
"Sí que puedes, lo sabes perfectamente. Tienen a cientos de astronautas a su disposición, sólo tendrían que levantar el teléfono y pedirlo, como si fuese una puta pizza con doble de queso. Pero no, tienes que ir tú porque ese es tu esquema. Siempre dejas todo para después, nada es lo suficientemente importante para hacerlo en el momento, excepto ir al espacio, por supuesto. La única puta cosa que no va a cambiar porque la descuides un rato, pero tú tienes que ir en cuanto te llamen. Y ni se te ocurra llamarme Nebulosa. Siempre con eso de que me parezco a las nebulosas, con tus chorradas de la luz, la oscuridad y lo inestable que soy. ¿Acaso has hecho algo para cambiarlo? Encontraste la manera de arreglarlo in extremis y te has limitado a repetir el esquema cuando es necesario. Joder, has conseguido que hasta mis crisis sean una puta rutina y no has intentado cambiarlo. Estoy harta. Estoy harta del espacio, de las jodidas nebulosas, de ti, de nosotros, de como te has acomodado y de que no seas capaz de permitirte ningún impulso salvo para salir de este planeta y alejarte así de todos los problemas."
Lo soltó todo de golpe, casi sin respirar y dejándome a mí sin respiración. Al final seguí su consejo y me dejé llevar por un impulso, pero elegí un mal momento y lugar. Mi impulso le costó la vida a mis compañeros y la mía esta a punto de subir al marcador. No sé si en ese momento mi Nebulosa explotó para que naciese una estrella o si ya era una estrella muerta cuando la conocí. Tampoco sé lo que sucederá con la nebulosa que veo a lo lejos al saltar fuera de la nave. Podría reír. Podría llorar. Podría incluso gritar su nombre. Megan. Muy alto, para que se enterase todo el universo. Lo haría de no ser porque se me está agotando el oxígeno y estoy a punto de morir para pasarme la eternidad flotando en el espacio, como un día floté en sus ojos.
Probablemente penséis que estoy divagando, pero cuando estás solo a los mandos una nave en un lugar desconocido del espacio, no quedan muchas más opciones. Os aviso que esto no es para nada como lo pintan. Nada de misterios y descubrimientos importantes, es todo oscuridad y soledad... casi desearía tener a un octavo pasajero rondando por aquí. También está este frío insoportable. Aunque no descarto que el frío venga de mi alma, muriendo poco a poco.
Pasé muy buenos tiempos con Megan, aunque no teníamos muchos amigos, en parte por culpa de mi trabajo y en parte porque no todo el mundo comprendía a Megan. Existen dos tipos de nebulosas, unas que reflejan la luz a su alrededor y otras que la "absorben", viéndose como puntos negros en mitad del espacio. Mi Nebulosa tenía un poco de ambas. A ratos era toda luz, alegría entregada en cuerpo y alma al resto, como de repente se encerraba en sí misma y parecía una triste sombra de lo que podía llegar a ser. No sé de dónde salía eso, no quería hablar del tema, pero me gustaba. Pensaréis que estoy loco, pero me gustaba esa sensación de estar trabajando con material inflamable y tener que esforzarme para controlarla y que no descarrilara en cualquier momento. Supongo que se debe a esto de ser astronauta, pero me gustaba la sensación de estar a prueba cada día.
Suena el despertador y me expulsa de mis recuerdos. Los primeros acordes de Ziggy Stardust avisan de que ahora sería el momento en que tocaría comenzar con las labores de la jornada, pero ya nada de eso importa. Me tambaleo hacia él para apagarlo y me encuentro las manchas de sangre en la pared. Vaya, había vuelto a olvidar los cadáveres de mis compañeros. Los 6 compañeros a los que maté hará unas 7 horas. La verdad es que es una lástima que me hicieran las pruebas psicológicas antes de que todo se fuera a la mierda.
Fue sólo un par de días antes de que empezase la misión. Había estado muy liado con la preparación y apenas había visto a Megan en semanas. Al mirarla supe que no estaba bien, y ella no dudó en disparar a bocajarro. Me pidió que no fuese al espacio, que abandonase la misión y yo le dije que no podía hacer eso. Entonces explotó justo delante de mi cara.
"Sí que puedes, lo sabes perfectamente. Tienen a cientos de astronautas a su disposición, sólo tendrían que levantar el teléfono y pedirlo, como si fuese una puta pizza con doble de queso. Pero no, tienes que ir tú porque ese es tu esquema. Siempre dejas todo para después, nada es lo suficientemente importante para hacerlo en el momento, excepto ir al espacio, por supuesto. La única puta cosa que no va a cambiar porque la descuides un rato, pero tú tienes que ir en cuanto te llamen. Y ni se te ocurra llamarme Nebulosa. Siempre con eso de que me parezco a las nebulosas, con tus chorradas de la luz, la oscuridad y lo inestable que soy. ¿Acaso has hecho algo para cambiarlo? Encontraste la manera de arreglarlo in extremis y te has limitado a repetir el esquema cuando es necesario. Joder, has conseguido que hasta mis crisis sean una puta rutina y no has intentado cambiarlo. Estoy harta. Estoy harta del espacio, de las jodidas nebulosas, de ti, de nosotros, de como te has acomodado y de que no seas capaz de permitirte ningún impulso salvo para salir de este planeta y alejarte así de todos los problemas."
Lo soltó todo de golpe, casi sin respirar y dejándome a mí sin respiración. Al final seguí su consejo y me dejé llevar por un impulso, pero elegí un mal momento y lugar. Mi impulso le costó la vida a mis compañeros y la mía esta a punto de subir al marcador. No sé si en ese momento mi Nebulosa explotó para que naciese una estrella o si ya era una estrella muerta cuando la conocí. Tampoco sé lo que sucederá con la nebulosa que veo a lo lejos al saltar fuera de la nave. Podría reír. Podría llorar. Podría incluso gritar su nombre. Megan. Muy alto, para que se enterase todo el universo. Lo haría de no ser porque se me está agotando el oxígeno y estoy a punto de morir para pasarme la eternidad flotando en el espacio, como un día floté en sus ojos.
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4 mar 2012
La sombra
Se dice que todas las personas tienen un límite. Sospecho que el mío hace mucho que quedó fuera del mapa. ¿Conocéis la expresión "estar de mierda hasta el cuello"? Pues yo ahora mismo tendría el récord de profundidad en apnea. No sabría deciros el momento exacto, pero desde hace un tiempo he estado moviéndome por pura inercia.
Lo que sí puedo decir sin temor a equivocarme es que es todo culpa de esta maldita ciudad. Pensaréis que no es muy loable echarle la culpa a otros, y menos a algo inanimado como es una ciudad, pero eso es porque no conocéis ESTA ciudad (y mi consejo es que procuréis que eso nunca cambie). Os hablo de una ciudad capaz de lo mejor y lo peor, en la que el rascacielos más espectacular se codea con el callejón más putrefacto, donde la luz y las sombras son dos caras de la misma moneda y hasta el vapor que sale de las alcantarillas esconde una dosis de locura.
Como se suele decir, llegué aquí en busca de oportunidades, y al principio la ciudad me recibió con una sonrisa. Conseguí un buen trabajo en una empresa emergente, me establecí en un bonito apartamento e incluso hice amigos en poco tiempo. Pero esa sonrisa se fue convirtiendo en una horrible mueca, y cuando quise darme cuenta todo se había jodido. Mi empresa resultó ser la tapadera de unos mafiosos, no tuve más remedio que mudarme a un barrio horrible y mis amigos... bueno, los que no estaban muertos preferirían estarlo. Y encima no podía salir de la ciudad porque tenía deudas con gente a la que evitarías siquiera mirar a los ojos. Poco a poco me fui hundiendo en la mierda hasta que no me quedó más remedio que aprender a disfrutarla. Al final, la ciudad se había metido dentro de mí, el miedo me había calado los huesos y la locura me corría por las venas, susurrándome qué hacer con una voz pastosa pero extrañamente seductora.
Y así llegamos a esta noche, vagando por las calles. No sé si buscando algo de droga que difumine un poco los monstruos que me rodean, o simplemente una piedra con la que tropezar y con suerte romperme el cuello al caer. Los callejones susurran burlándose de mí, las farolas parpadean para dificultarme aún más el camino y el viento me revuelve el pelo robándome los restos que quedan de la sombra de lo que algún día fui. Tengo la sensación de que algo me vigila, y en sus ojos hay más asco que compasión, lo que consigue que me enfade aún más. Yo no tengo culpa de esto, no quería llegar a esta situación... Yo no soy esta persona.
Entonces veo a una pareja con su precioso hijito saliendo del portal y bajan la mirada mientras me acerco, intentando alejarse todo lo posible en esta ridículamente ancha acera y descubro que puede que aún no hubiese llegado a mi límite.
-¿A dónde demonios creéis que vais? ¿Estáis huyendo de mí? -grita una voz desde mi boca.
-Disculpe, no pretendíamos...
-No es de mí de lo que debéis huir, no soy el problema. El problema nos rodea a todos, nos ilumina con esas farolas, nos transporta por estas calles, nos observa desde esos rascacielos... Estamos encerrados dentro del problema, ¿y me teméis a mí?
-Por favor, señor, sentimos haberle ofen...
-No soy ningún señor, eso fue en otra vida. -la claridad de la idea dibuja una sonrisa en mi cara- Quizás es eso, quizás tenéis razón. Creo que es la hora de asumir que sí soy un problema, que sí debéis temerme.
Entonces me abalanzo sobre la mujer, que grita aterrorizada como marcan los cánones. No tengo claro si grita porque teme por su vida o por el collar de perlas que lleva al cuello y estoy aferrando; pero sé que ese grito me reconforta más que otra cosa. El hombre me golpea en las costillas pero en mi éxtasis no puedo dejar de reír. Suelto a la mujer y me encaro a ese ricachón. Entonces veo una sombra, algo me golpea y me alejo del suelo para acabar en el fondo de un callejón frente a él.
Podría mentiros. Podría decir que vi al Murciélago, al Caballero Oscuro en todo su esplendor, que observé esa boca que no sabe de sonrisas y lo miré fijamente a esos ojos llenos de preocupaciones, pero no fue así. Sólo pude ver una sombra, una gran figura oscura, una especie de agujero negro que absorvió toda la locura dejando el miedo en su lugar. Sentí su voz, haciendo temblar todos mis huesos. Dijo que me marchara, que este no era mi lugar, que yo no era como todos ellos y que aún tenía solución. Y tenía razón, porque no estaba lo suficientemente loco como para llevarle la contraria.
Lo que sí puedo decir sin temor a equivocarme es que es todo culpa de esta maldita ciudad. Pensaréis que no es muy loable echarle la culpa a otros, y menos a algo inanimado como es una ciudad, pero eso es porque no conocéis ESTA ciudad (y mi consejo es que procuréis que eso nunca cambie). Os hablo de una ciudad capaz de lo mejor y lo peor, en la que el rascacielos más espectacular se codea con el callejón más putrefacto, donde la luz y las sombras son dos caras de la misma moneda y hasta el vapor que sale de las alcantarillas esconde una dosis de locura.
Como se suele decir, llegué aquí en busca de oportunidades, y al principio la ciudad me recibió con una sonrisa. Conseguí un buen trabajo en una empresa emergente, me establecí en un bonito apartamento e incluso hice amigos en poco tiempo. Pero esa sonrisa se fue convirtiendo en una horrible mueca, y cuando quise darme cuenta todo se había jodido. Mi empresa resultó ser la tapadera de unos mafiosos, no tuve más remedio que mudarme a un barrio horrible y mis amigos... bueno, los que no estaban muertos preferirían estarlo. Y encima no podía salir de la ciudad porque tenía deudas con gente a la que evitarías siquiera mirar a los ojos. Poco a poco me fui hundiendo en la mierda hasta que no me quedó más remedio que aprender a disfrutarla. Al final, la ciudad se había metido dentro de mí, el miedo me había calado los huesos y la locura me corría por las venas, susurrándome qué hacer con una voz pastosa pero extrañamente seductora.
Y así llegamos a esta noche, vagando por las calles. No sé si buscando algo de droga que difumine un poco los monstruos que me rodean, o simplemente una piedra con la que tropezar y con suerte romperme el cuello al caer. Los callejones susurran burlándose de mí, las farolas parpadean para dificultarme aún más el camino y el viento me revuelve el pelo robándome los restos que quedan de la sombra de lo que algún día fui. Tengo la sensación de que algo me vigila, y en sus ojos hay más asco que compasión, lo que consigue que me enfade aún más. Yo no tengo culpa de esto, no quería llegar a esta situación... Yo no soy esta persona.
Entonces veo a una pareja con su precioso hijito saliendo del portal y bajan la mirada mientras me acerco, intentando alejarse todo lo posible en esta ridículamente ancha acera y descubro que puede que aún no hubiese llegado a mi límite.
-¿A dónde demonios creéis que vais? ¿Estáis huyendo de mí? -grita una voz desde mi boca.
-Disculpe, no pretendíamos...
-No es de mí de lo que debéis huir, no soy el problema. El problema nos rodea a todos, nos ilumina con esas farolas, nos transporta por estas calles, nos observa desde esos rascacielos... Estamos encerrados dentro del problema, ¿y me teméis a mí?
-Por favor, señor, sentimos haberle ofen...
-No soy ningún señor, eso fue en otra vida. -la claridad de la idea dibuja una sonrisa en mi cara- Quizás es eso, quizás tenéis razón. Creo que es la hora de asumir que sí soy un problema, que sí debéis temerme.
Entonces me abalanzo sobre la mujer, que grita aterrorizada como marcan los cánones. No tengo claro si grita porque teme por su vida o por el collar de perlas que lleva al cuello y estoy aferrando; pero sé que ese grito me reconforta más que otra cosa. El hombre me golpea en las costillas pero en mi éxtasis no puedo dejar de reír. Suelto a la mujer y me encaro a ese ricachón. Entonces veo una sombra, algo me golpea y me alejo del suelo para acabar en el fondo de un callejón frente a él.
Podría mentiros. Podría decir que vi al Murciélago, al Caballero Oscuro en todo su esplendor, que observé esa boca que no sabe de sonrisas y lo miré fijamente a esos ojos llenos de preocupaciones, pero no fue así. Sólo pude ver una sombra, una gran figura oscura, una especie de agujero negro que absorvió toda la locura dejando el miedo en su lugar. Sentí su voz, haciendo temblar todos mis huesos. Dijo que me marchara, que este no era mi lugar, que yo no era como todos ellos y que aún tenía solución. Y tenía razón, porque no estaba lo suficientemente loco como para llevarle la contraria.
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21 nov 2011
El sueño de una noche de insomnio
Te metes en la cama, te atrincheras entre las sábanas, pero giras una y otra vez. Ese pequeño espacio se te hace inmenso y te amenaza con hacerte desaparecer. Podrías crear un mundo nuevo, con dragones, princesas, reyes, héroes y villanos. Sólo tendrías que cerrar los ojos. Podrías crear eso y más, cosas que no sabrías expresar... pero en el fondo sabrías que no es real, porque una vez tras otra vuelves a despertar estando tú y sólo tú. Y al rato todo se esfuma, directo al olvido, tan rápido como lo has creado.
Es por eso que prefiero salir de este recuadro acolchado por mi propio pie. Salir a la noche a vagar, a vivir. Quizás no encuentre nada que hacer. Quizás me encuentre a un dragón de nuestro tiempo. Quizás solamente me pidan fuego. Puede ser que tropiece por vagar como un loco y acabe con una herida en la rodilla. Pero al menos, al día siguiente la herida seguirá ahí, sabré que es real, y me susurrará cada día que ese camino que una noche visité puede hacerme tropezar.
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12 nov 2011
La mujer y la oscuridad
Ahí estaba yo, en la sala pobremente iluminada, o al menos quién había puesto la luz no estaba pensando en facilitar la visión. Tras un rato inmóvil, pues temía que al mínimo movimiento fuese a tropezar o caer a un abismo aún más oscuro, conseguí adaptar mi vista lo suficiente para distinguir una figura. Estaba de pie e inmóvil, a unos 15 metros de mí.
-Hola, ¿puedes oírme?- le grité a la figura. A pesar de no escuchar ningún eco, seguía sintiendo que la sala era muy grande.
-Sí, puedo escucharte, pero preferiría no hacerlo.- me respondió una dulce voz femenina.
-Apenas veo nada y no sé que hago aquí...-murmuré confuso.
Silencio
Un largo silencio.
-Oh vamos, no puedes ignorarme.
-Sí que puedo. Se puede ignorar a cualquiera en cualquier situación- respondió tranquilamente- Pensé que a estas alturas ya lo sabrías.
-No aquí, estando solos, en una sala a oscuras... no es que tenga miedo, pero no me vendría mal algo de compañía y conversación.
Un silencio que parece no acabar.
-¿Qué te cuesta? Quizás hasta nos caigamos bien, será todo mucho más llevadero. -le dije prácticamente suplicando.
-A nadie le caigo bien. Tarde o temprano todos intentan huir de mí, aunque sean lanzados a mis brazos inevitablemente. -dijo con una firmeza que casi parecía contradecir a su dulce voz.
-Pues ya ves, yo soy distinto. Te quiero conocer. No veo por qué nadie no querría conocerte. Tienes una voz muy bonita, si me lo permites.
-Ya, es otra parte más de mi maldición.
-Por favor, deja que me acerque, así podremos hablar mejor, e incluso vernos. -le dije mientras empezaba a caminar hacia ella. Ya había perdido el miedo a caer.
-Acércate todo lo que quieras, pero no te voy a gustar. Tarde o temprano acabo haciéndole daño a todo el mundo.
-No digas esas cosas. Deja de torturarte por las cosas que te hayan pasado. Estamos aquí solos, -le dije intentando animarla- fingiremos que esto es otra vida.
-Tienes toda la razón... pero a la vez no sabes absolutamente nada.
Lo último que vi fue el reflejo de su guadaña. Y luego la nada, un silencio que esta vez sí que fue eterno.
27 jul 2011
La historia de Bob Loblaw
Os presento a Bob. Bob es un tipo que se ha pasado toda su vida hablando. Sin parar. Hablaba y hablaba, sin pararse a pensar si lo que contaba era interesante, o incluso si podía incomodar a alguien con sus palabras. Simplemente no tenía filtro. Bob creció escuchando poco más que su propia voz, su familia y amigos lo aguantaban tal y como era y no intentaban interrumpirle ni corregirlo, contribuyendo así a empeorar su problema.
Pero entonces, un día, estando Bob en el instituto, tuvo la sensación de que no le prestaban toda la antención. Dejó de hablar por un momento y se percató de que esa gente no dejaba de hablar, ¿quienes se creían que eran? Así no iban a poder escucharle a él. Probó a hablar más alto. La gente se paró a mirarlo un momento, y Bob se envalentonó, pero rápidamente volvieron a ignorarlo. Bob no entendía nada, no le había gustado la mirada que le habían echado, así que se fue a casa pensando en alto sobre ello.
Poco a poco Bob fue aprendiendo a respetar los turnos de palabra. Al principio no escuchada lo que decía el resto, sólo lo necesario para enganchar la conversación y encarrilarla hacia dónde le interesaba, hasta conseguir monopolizarla. Pero la gente seguía mirándole de forma extraña y Bob notaba que no les gustaba, aunque seguía sin entender por qué. Y pensando sobre ésto fue como se descubrió escuchando a otros, dándose cuenta de que ellos también tenían cosas que contar, y que en ocasiones incluso eran interesantes y enriquecedoras. Y así, poco a poco, Bob aprendió a escuchar, comprender y luego hablar, acercándose bastante a lo que se considera una persona normal.
Pero entonces, a base de escuchar, a Bob le entraron dudas. Cada vez que iba a decir algo, se planteaba si sería interesante, si sus palabras aportarían algo nuevo o si, en cambio, serían la enésima repetición de alguna idea primigenia, o incluso, poniéndose en el peor de los casos, podría resultar alguna estupidez y quedaría en ridículo y expuesto ante todos. Y así, Bob fue hablando cada vez menos, volviéndose un tipo muy reflexivo e introvertido. De nuevo la gente le miraba de forma extraña, pero él no encontraba las palabras para explicarles lo que pasaba por su cabeza porque simplemente, no existían. Bob lleva años hablando consigo mismo, escuchando el eco de sus pensamientos. Lleva mucho sin articular palabra, pero te doy la mía de que, cuando lo haga, realmente valdrá la pena.
13 jun 2011
Coversión
De repente pierdes las fuerzas y sientes como te abandonas a ti mismo. En tus ojos desaparece el brillo, se te ha apagado el motor, sin esperanza, ilusiones ni demás tonterías que te despisten. Sólo miras fijo al horizonte, casi asombrado por su capacidad de permanecer impasible, siempre ahí durante tanto tiempo, y lo envidias. Te ves caminando junto al resto hacia ninguna parte y comprendes que te has convertido en otro zombie más.
Estas palabras están envenenadas, poseídas... no quiero que os infecten, sólo espero que se lleven toda la mierda que tengo dentro y que de repente ha decidido entrar en efervescencia. Quizás sirvan como recipiente, y se quede en ellas para siempre... o quizás no sirva para una mierda, como es habitual.
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26 abr 2011
Dejarse llevar
Entro en la sala, como tantas otras veces, pero esta vez va a ser diferente. O al menos eso es lo que me repito una y otra vez. Esta vez va a salir bien, compórtate muchacho... pero estoy de los nervios. Debo tener una pinta horrible. Daría lo que fuera por poder fumarme un cigarro, eso me aliviaría un poco, pero ahora no está permitido. Esto tenía mucho más encanto con esa ligera bruma cancerígena. Estúpidas normas.
Por muchas veces que venga a este sitio no consigo acostumbrarme a las luces titilantes y la decoración. Es tan escasa, que siempre parece que hayan quitado algo desde la última vez. Voy buscando un asiento, me acomodaré y me ayudará a controlar los nervios. Ya sabes muchacho, has venido a verla, es lo único que importa ahora. La verdad es que hace mucho, demasiado desde la última vez que estuve a su lado. No recuerdo bien su rostro, ni su voz... de hecho, recuerdo como si cada vez tuviese uno diferente. Pero sí recuerdo que la quería, que me sentía cómodo entre sus brazos, y que ella me comprendía como nadie ha hecho jamás.
Eso fue hasta que ellos se la llevaron. La alejaron de mí diciendo que era lo mejor, que no me hacía ningún bien... pero ellos que iban a saber. Ellos, que nunca la habían visto como yo, que no habían jugueteado con su pelo. Sólo hablaban de oídas. Seguramente la tendrían retenida, y prefiero no pensar en lo que le podrían estar haciendo. No, ahora no, justo cuando he conseguido calmar mis nervios. Sé que está cerca, puedo sentirla, y eso me da fuerzas. Esta vez no me conformaré con verla de reojo, sino que pienso lanzarme a sus brazos para no separarnos nunca más.
Se encienden los focos, los tambores redoblan en mis entrañas, pero me mantengo firme. Entonces veo como se acerca una de las camareras, justo en el peor momento. Viene con su uniforme impoluto, un vaso y esa expresión en la cara en la que la sonrisa es la protagonista principal, como diciéndome que me tranquilice, que sabe lo que pasa por mi cabeza y que todo va a salir bien. Dios, como odio esa expresión. Me encantaría golpearle una y otra vez sólo para confirmar que es sólo una careta y que debajo está tan podrida como el resto de nosotros. Pero mientras se acerca la camarera, veo a ella asomar por las cortinas, saliendo al escenario, y no puedo apartar la mirada. Está ahí, no lo puedo creer... éste es mi momento.
Pero me he quedado congelado más tiempo del que pensaba, y la camarera ya está a mi lado. No es del tipo de camareras que te preguntan lo que quieren tomar, aquí no hay de esas. Trae tres pastillas de colores, a cada cual más chillón, y antes de que quiera darme cuenta me las ha metido en la boca. No vale la pena luchar, la experiencia me susurra que eso sería mucho peor. No me queda más remedio que tragar, aunque eso suponga perderla de vista. La próxima vez será. La próxima vez me iré contigo, querida Locura.
10 dic 2010
Y los sueños, sueños son.
Ahí estaba yo, tirado en el suelo, asustado y desorientado. No podía ver bien por la polvareda que se había levantado a mi alrededor, que además me hacía toser. Poco a poco me fui situando y empecé a entender el cántico que retumbaba a mi alrededor: Vamos, Robert, sal a bailar, que tú lo haces fenomenal. Tu cuerpo se mueve como una palmera... Entonces me levanté y me encontré con todos los simios bailando a mi alrededor, ataviados con perfectos trajes flamencos, incluyendo peineta y mantilla, que les daban un aspecto terrorífico a la par que divertido, a la vez que un extraño erotismo.
No conseguía reponerme de la impresión, no comprendía como habíamos llegado a esta situación, o al menos no recordaba haberme traído las drogas esta vez. Fue entonces cuando apareció el Doctor Zaius muy asustado y me gritó que tenía que bailar, que si no lo hacía su musculoso y peludo dios volvería a montar en cólera, y esta vez no iba a aparecer Optimus Prime para salvarles. Consciente de la gravedad de la situación, me esforcé todo lo que pude, pero había un problema insalvable: yo sólo bailaba en las verbenas en verano, por lo que sólo sabía bailar las canciones que cantaban los pasos a ritmo de organillo. Lo intenté de verdad, pero acabé pisando a 5 simios en menos de dos pasos, caí al suelo y entonces fue cuando todo empezó a temblar.
Desperté en mi cama, muy alterado y sudando a mares. Tras reponerme del susto, me asomé a la ventana y estaba amaneciendo. Comprobé que el cielo seguía siendo verde, coronado por el hongo nuclear y yo seguía siendo el único ser humano en la Tierra... y me sentí aliviado.
No conseguía reponerme de la impresión, no comprendía como habíamos llegado a esta situación, o al menos no recordaba haberme traído las drogas esta vez. Fue entonces cuando apareció el Doctor Zaius muy asustado y me gritó que tenía que bailar, que si no lo hacía su musculoso y peludo dios volvería a montar en cólera, y esta vez no iba a aparecer Optimus Prime para salvarles. Consciente de la gravedad de la situación, me esforcé todo lo que pude, pero había un problema insalvable: yo sólo bailaba en las verbenas en verano, por lo que sólo sabía bailar las canciones que cantaban los pasos a ritmo de organillo. Lo intenté de verdad, pero acabé pisando a 5 simios en menos de dos pasos, caí al suelo y entonces fue cuando todo empezó a temblar.
Desperté en mi cama, muy alterado y sudando a mares. Tras reponerme del susto, me asomé a la ventana y estaba amaneciendo. Comprobé que el cielo seguía siendo verde, coronado por el hongo nuclear y yo seguía siendo el único ser humano en la Tierra... y me sentí aliviado.
18 ago 2010
Carta de un lesbiano
31-12-1999
Aquí me tienes, momentos antes de que haga su entrada estelar el gran día, ese día que tanto imaginamos, ese día en el que estaríamos juntos, el día en que sería cierto el jamás... ¿y sabes qué? Estoy sólo, con un papel y un bolígrafo como compañía, y no parece tan especial. El principal problema es que no soy capaz de mirar más adelante, esta era nuestra meta, y aún ahora, no puedo ver más allá. Así que sólo me queda mirar atrás... aunque en eso ya he cogido bastante práctica últimamente.
Qué le vamos a hacer. La casa me queda grande sin ti, y no puedo evitar pensar en los buenos momentos, cuando tú eras mi niña imantada, y yo tu amante guisante. Esos momentos en que me convertiste en un fan de John Boy, y pasábamos el día jugando con algunas plantas. Por supuesto que también tuvimos nuestros problemas. Siempre rondaban las cuestiones de familia, o el ectoplasta de turno... pero se arreglaba siempre en el segundo asalto. Y quizás ese sea el problema, que aún no he podido aceptar que esta vez no habrá segunda parte. Reconozco que en más de una ocasión he estado tentado de utilizar la táctica de tirarte piedras a la ventana... pero ya no me quedan fuerzas. Lo peor de todo es que tengo la sensación de que sólo te recuerdo yo. He vuelto allí donde solíamos gritar, y ya ni siquiera están los bancos que llenamos con los versos de “Heroes”... quizás sólo estás en mi mente. Te sigo viendo, pero empiezo a pensar que eres sólo un sueño, que te deslizas como el viento, y al contacto con mis dedos de desvanecerás.
Se lo que pensarás, que tengo que seguir adelante, que no me puedo anclar en este mar, pero no puedo deshacerme de estos recuerdos que me encadenan. Muchos me dicen que tengo que pensar que si he perdido he ganado historias que contar... el problema es que esta era mi historia, nuestra historia, y no la quiero contar, la quiero vivir, no me gusta ser un espectador. No me quedan ganas de seguir el show, me pregunto quién pensó el guión de todo esto.
Y aquí me tienes, sin rumbo que seguir, siento que nada de esto tiene sentido. Pero ya me conoces, soy raro, sigo intacto en mil pedazos y no logro romperme. Quizás sólo necesite un momento de reflexión, quizás ahora empezaré a romper las ventanas y hacer del caos un arte o quizás coja mi capa y mis bambas a reacción y me marche de aquí. En cualquier caso, dudo que vuelvas a saber de mí... nadie sabrá más de mí. Ciao, sayonara, au revoir… creo que voy a empezar a romperme.
Aquí me tienes, momentos antes de que haga su entrada estelar el gran día, ese día que tanto imaginamos, ese día en el que estaríamos juntos, el día en que sería cierto el jamás... ¿y sabes qué? Estoy sólo, con un papel y un bolígrafo como compañía, y no parece tan especial. El principal problema es que no soy capaz de mirar más adelante, esta era nuestra meta, y aún ahora, no puedo ver más allá. Así que sólo me queda mirar atrás... aunque en eso ya he cogido bastante práctica últimamente.
Qué le vamos a hacer. La casa me queda grande sin ti, y no puedo evitar pensar en los buenos momentos, cuando tú eras mi niña imantada, y yo tu amante guisante. Esos momentos en que me convertiste en un fan de John Boy, y pasábamos el día jugando con algunas plantas. Por supuesto que también tuvimos nuestros problemas. Siempre rondaban las cuestiones de familia, o el ectoplasta de turno... pero se arreglaba siempre en el segundo asalto. Y quizás ese sea el problema, que aún no he podido aceptar que esta vez no habrá segunda parte. Reconozco que en más de una ocasión he estado tentado de utilizar la táctica de tirarte piedras a la ventana... pero ya no me quedan fuerzas. Lo peor de todo es que tengo la sensación de que sólo te recuerdo yo. He vuelto allí donde solíamos gritar, y ya ni siquiera están los bancos que llenamos con los versos de “Heroes”... quizás sólo estás en mi mente. Te sigo viendo, pero empiezo a pensar que eres sólo un sueño, que te deslizas como el viento, y al contacto con mis dedos de desvanecerás.
Se lo que pensarás, que tengo que seguir adelante, que no me puedo anclar en este mar, pero no puedo deshacerme de estos recuerdos que me encadenan. Muchos me dicen que tengo que pensar que si he perdido he ganado historias que contar... el problema es que esta era mi historia, nuestra historia, y no la quiero contar, la quiero vivir, no me gusta ser un espectador. No me quedan ganas de seguir el show, me pregunto quién pensó el guión de todo esto.
Y aquí me tienes, sin rumbo que seguir, siento que nada de esto tiene sentido. Pero ya me conoces, soy raro, sigo intacto en mil pedazos y no logro romperme. Quizás sólo necesite un momento de reflexión, quizás ahora empezaré a romper las ventanas y hacer del caos un arte o quizás coja mi capa y mis bambas a reacción y me marche de aquí. En cualquier caso, dudo que vuelvas a saber de mí... nadie sabrá más de mí. Ciao, sayonara, au revoir… creo que voy a empezar a romperme.
A todos “fuck you” por igual
25 jun 2010
Tom lo intenta
Hoy empezaba un nuevo día para Tom, pero no uno de esos marcados simplemente por la salida del sol. Esos son una chorrada, no tienen nada de especial. Hoy era el día en que todo iba a cambiar, en que su vida tomaba un nuevo rumbo y no volvería a mirar atrás. Hoy no sólo pasaba página, sino que se había comprado una libreta nueva repleta de hojas en blanco que rellenar. No temía llenar esa libreta a mano, con tachones y borrones aquí y allá... pero no quería ninguna relación con la etapa anterior de su vida. Se había acabado eso de llevar el cencerro, ir siguiendo el rastro continuamente y sólo quedarse con los restos.
Sí, ya se lo que pensáis, que todos hemos pensado eso, pero al final nunca lo haces. Pero este no es el caso, Tom iba en serio, de verdad.
Pero entonces apareció ella, con sus ojos brillantes y su sonrisa taimada practicada durante tantos años. Pero no venía sola, traía una mochila llena de alagos, caricias, risas cristalinas y te quieros... y todo se fue a la mierda. Los planes, días soleados y libretas en blanco tirados a la basura por un rato en la cama, hasta que apareciera su próximo capricho...
P.D. Al final la tormenta de ideas ha dado resultado antes de lo que esperaba. Desde aquí agradezco al señor Portman haber puesto el germen de esta historia, pero os animo a seguir proponiendo ideas, que espero que salga algo más. Un saludo
Sí, ya se lo que pensáis, que todos hemos pensado eso, pero al final nunca lo haces. Pero este no es el caso, Tom iba en serio, de verdad.
Pero entonces apareció ella, con sus ojos brillantes y su sonrisa taimada practicada durante tantos años. Pero no venía sola, traía una mochila llena de alagos, caricias, risas cristalinas y te quieros... y todo se fue a la mierda. Los planes, días soleados y libretas en blanco tirados a la basura por un rato en la cama, hasta que apareciera su próximo capricho...
P.D. Al final la tormenta de ideas ha dado resultado antes de lo que esperaba. Desde aquí agradezco al señor Portman haber puesto el germen de esta historia, pero os animo a seguir proponiendo ideas, que espero que salga algo más. Un saludo
23 jun 2010
Tormenta de ideas
Llevo ya un tiempo dándole vueltas al coco, y me frustra un poco ver que ya no escribo como antaño, pocas veces se me ocurren ideas, o simplemente no tengo tiempo y las que tengo caen en el olvido. Pero al escribir mi último microrrelato me dí cuenta de que basta una mínima idea para que me desate al empezar a escribir y surja algo rescatable. Estos días me he acordado también de mis tiempos en el instituto y de un profesor de lengua que tuve que me motivó mucho en esto de la escritura. La cosa es que normalmente una vez por semana nos proponía un título o una idea, y le teníamos que entregar un relato. A mí eso me encantaba, y siempre estaba deseando que llegase su nueva propuesta.
Por lo tanto, he pensado en hacer lo mismo en el blog. La idea es que me propongais cosas en los comentarios, me vale lo que sea, una frase, un título, una pequeña idea... algo para ver si consigo quitarme este óxido que se empieza a acumular en mis muñecas. Entre las propuestas veré si hago algo con cada una, o si las puedo mezclar... todo se andará, pero el resultado lo publicaré, que para algo tengo el blog.
Y para que esto no quede tan pobre, de regalo una canción para animar el cotarro. Un saludo a todos.
Por lo tanto, he pensado en hacer lo mismo en el blog. La idea es que me propongais cosas en los comentarios, me vale lo que sea, una frase, un título, una pequeña idea... algo para ver si consigo quitarme este óxido que se empieza a acumular en mis muñecas. Entre las propuestas veré si hago algo con cada una, o si las puedo mezclar... todo se andará, pero el resultado lo publicaré, que para algo tengo el blog.
Y para que esto no quede tan pobre, de regalo una canción para animar el cotarro. Un saludo a todos.
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28 abr 2010
Microrrelato: Apuntando
La clase se encuentra ocupada por la atronadora voz del profesor y el tintineo de los bolígrafos que marcan, sin cesar, los folios en blanco. Todos atienden, sin mirar, a las palabras del estimado orador, para rápidamente secuestrarlas en la blanca cárcel, dónde ya podrán hacer suyo el discurso y empezar a repetir cual loros. Pero miento... uno atiende, mirando, y sin copiar una sola palabra. Sí escucha, sí comprende, pero mantiene el bolígrafo en la mano levemente suspendido sobre el papel. Entonces, el profesor pronuncia la palabra mágica que abre paso a la orquesta de cremalleras cerrándose y bolígrafos tapándose... entonces ÉL se inclina y escribe. Escribe sólo cuatro sílabas, para condensar perfectamente todo lo recibido.
Cacafuti.
Cacafuti.
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2 nov 2009
Todos ciegos: capítulo 3
Mientras lo sostenía en alto le golpeó en el costado con la rodilla, dejándolo caer al suelo, donde se agacha cerca de él con el cuchillo ya en la mano.
-¿Qué me dices, amigo, te quieres mojar un poco, o prefieres que mi compañero afilado te limpie de verdad?- le susurró con una sonrisa.
- ¿Quién coño... cof, cofg... te crees que eres?- dijo T.D. con un hilo de voz
- Es curioso que preguntes eso... ¿quién te creías tu que eras cuando mataste a aquella chica?... en cualquier caso, me temo que soy la última persona que verás en este mundo- dijo regodeándose en el instante.
Entonces alzó el cuchillo ante los ojos incrédulos de T.D, con intención de clavárselo en el pecho (no estaba en situación de hacer nada muy "artísitico", necesitaba algo rápido y efectivo), pero T.D. rodó por el suelo, haciendo que el cuchillo encontrara su abdomen como destino. Soltó un alarido inhumano en el que expulsó todo el aire que cabía en sus pulmones. Acto seguido se encendieron las luces de las casas vecinas y se escucharon algunas voces. T.D. estaba acurrucado en el suelo agarrándose el estómago y soltando gemidos de dolor. Él estaba paralizado, estaba tan seguro de que todo le saldría según lo planeado, que ahora no tenía ni idea de qué hacer. Era cuestión de tiempo que alguien se asomara a la ventana y viera la situación. Creyó que, puesto que T.D. apenas le había visto la cara, lo más prudente era huir y esperar que el desgraciado acabase muriendo desangrado. Quizás la herida fuese lo suficientemente grave, y no quería correr el riesgo de acabar en la cárcel por culpa de ese bastardo.
Echó a correr hasta su casa, recordando todo lo sucedido, repasando lo que había salido mal y preguntándose qué habría sido de T.D. Quizás aún estuviera boca arriba en aquel callejón, sin vida, o en alguna ambulancia temblando de miedo. Él en cambio temblaba de frío (puede que T.D. llevara razón al decir que la lluvia no le sentaba bien)... y en parte sentía miedo, aunque no quisiera reconocerlo. A pesar de que se considerara capaz de repartir justicia y, por tanto, superior a muchos, seguía siendo humano... y el miedo es algo muy humano. Al llegar a su casa se dio una larga ducha de agua caliente y se metió en la cama. No fue la mejor de sus noches, pero al menos consiguió dormir, después de darle muchas vueltas a todo lo sucedido.
Despertó a la mañana siguiente sin demasiadas preocupaciones. Tras mucho pensarlo, durante la noche había llegado a la conclusión de que era imposible que lo reconocieran o le siguieran la pista. Se estaba preparando el desayuno cuando escuchó por la radio una noticia que hizo que se quedara congelado:
"Un joven de 17 años apareció apuñalado en una calle del centro de la ciudad. El jóven se llamaba Thomas Drake y hace unos meses fue juzgado y absuelto como sospechoso de haber violado y matado a una chica de su edad. El cadáver fue encontrado con una puñalada mortal en el pecho, gracias al aviso de uno de los vecinos de la zona, aproximadamente a las 2 de la madrugada. La policía considera que se puede deber a un ajuste de cuentas, puesto que el individuo estaba involucrado en el tráfico de drogas, como demuestran las cantidades que llevaba encima en el momento de su muerte"
¿Una puñalada en el pecho? Anoche todo había sucedido muy rápido y era algo confuso, pero está seguro de que no le apuñaló en el pecho... además, a las 2 de la madrugada, él ya había llegado a su casa. Quizás alguien se tomó su tiempo en avisar a la policía... quizás alguien decidió tomarse la justicia por su mano al reconocer al chico... quizás no era tan diferente al resto de la gente.
Bueno, hasta aquí este pequeño relato, espero que les haya gustado y que el señor Pasota no esté muy decepcionado con la forma en que murió T.D. Por último me gustaría invitarles a que dejen en los comentarios el título que ustedes le hubiesen puesto a la historia, pues es algo que siempre se me atasca y creo que puede ser curioso ver distintas ideas. Un saludo.
-¿Qué me dices, amigo, te quieres mojar un poco, o prefieres que mi compañero afilado te limpie de verdad?- le susurró con una sonrisa.
- ¿Quién coño... cof, cofg... te crees que eres?- dijo T.D. con un hilo de voz
- Es curioso que preguntes eso... ¿quién te creías tu que eras cuando mataste a aquella chica?... en cualquier caso, me temo que soy la última persona que verás en este mundo- dijo regodeándose en el instante.
Entonces alzó el cuchillo ante los ojos incrédulos de T.D, con intención de clavárselo en el pecho (no estaba en situación de hacer nada muy "artísitico", necesitaba algo rápido y efectivo), pero T.D. rodó por el suelo, haciendo que el cuchillo encontrara su abdomen como destino. Soltó un alarido inhumano en el que expulsó todo el aire que cabía en sus pulmones. Acto seguido se encendieron las luces de las casas vecinas y se escucharon algunas voces. T.D. estaba acurrucado en el suelo agarrándose el estómago y soltando gemidos de dolor. Él estaba paralizado, estaba tan seguro de que todo le saldría según lo planeado, que ahora no tenía ni idea de qué hacer. Era cuestión de tiempo que alguien se asomara a la ventana y viera la situación. Creyó que, puesto que T.D. apenas le había visto la cara, lo más prudente era huir y esperar que el desgraciado acabase muriendo desangrado. Quizás la herida fuese lo suficientemente grave, y no quería correr el riesgo de acabar en la cárcel por culpa de ese bastardo.
Echó a correr hasta su casa, recordando todo lo sucedido, repasando lo que había salido mal y preguntándose qué habría sido de T.D. Quizás aún estuviera boca arriba en aquel callejón, sin vida, o en alguna ambulancia temblando de miedo. Él en cambio temblaba de frío (puede que T.D. llevara razón al decir que la lluvia no le sentaba bien)... y en parte sentía miedo, aunque no quisiera reconocerlo. A pesar de que se considerara capaz de repartir justicia y, por tanto, superior a muchos, seguía siendo humano... y el miedo es algo muy humano. Al llegar a su casa se dio una larga ducha de agua caliente y se metió en la cama. No fue la mejor de sus noches, pero al menos consiguió dormir, después de darle muchas vueltas a todo lo sucedido.
Despertó a la mañana siguiente sin demasiadas preocupaciones. Tras mucho pensarlo, durante la noche había llegado a la conclusión de que era imposible que lo reconocieran o le siguieran la pista. Se estaba preparando el desayuno cuando escuchó por la radio una noticia que hizo que se quedara congelado:
"Un joven de 17 años apareció apuñalado en una calle del centro de la ciudad. El jóven se llamaba Thomas Drake y hace unos meses fue juzgado y absuelto como sospechoso de haber violado y matado a una chica de su edad. El cadáver fue encontrado con una puñalada mortal en el pecho, gracias al aviso de uno de los vecinos de la zona, aproximadamente a las 2 de la madrugada. La policía considera que se puede deber a un ajuste de cuentas, puesto que el individuo estaba involucrado en el tráfico de drogas, como demuestran las cantidades que llevaba encima en el momento de su muerte"
¿Una puñalada en el pecho? Anoche todo había sucedido muy rápido y era algo confuso, pero está seguro de que no le apuñaló en el pecho... además, a las 2 de la madrugada, él ya había llegado a su casa. Quizás alguien se tomó su tiempo en avisar a la policía... quizás alguien decidió tomarse la justicia por su mano al reconocer al chico... quizás no era tan diferente al resto de la gente.
Bueno, hasta aquí este pequeño relato, espero que les haya gustado y que el señor Pasota no esté muy decepcionado con la forma en que murió T.D. Por último me gustaría invitarles a que dejen en los comentarios el título que ustedes le hubiesen puesto a la historia, pues es algo que siempre se me atasca y creo que puede ser curioso ver distintas ideas. Un saludo.
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